El duende del Realejo

El desheredado que quiso ser casta

Iglesias ha conseguido para sí, para su goce lujo y disfrute, todo cuanto criticaba en otros a los que llamaba "casta"

Hace escasos días se enteraba España de que al ex vicepresidente del (des)Gobierno, señor Iglesias Turrión -además de a una veintena más de ex ministros- el rey, don Felipe VI, no había tenido más remedio que conceder, a propuesta del Consejo de Ministros, la más alta condecoración del Estado, esto es, la Gran Cruz de la Real y Distinguida Orden de Carlos III. Lo más inquietante del texto del decreto era aquello de "queriendo dar muestra de mi real aprecio…". Algunos pusieron el grito en el cielo de los cabreados y en varias mañanas tronaban los altavoces de los aparatos de radio, tras sintonizar algunas concretas emisoras en animadas tertulias matutinas en las que no estuvo Maxim Huerta.

A un servidor, que ideológicamente no es proclive a la izquierda ideológica, no le pareció mal esta distinción. Porque de bien nacidos -dice el viejo refrán- es ser agradecidos y nunca debe de quedar por el que tiene la gracia de dar, de conceder. Aunque muy poco, a mi modo de ver también, hay que agradecer a este tal señor Iglesias. Y si algo hubiese por ello, ya fue muy bien pagado -y quizá en exceso- con los emolumentos abonados y cobrados a término de cada mensualidad, nóminas que no serían moco de pavo, a juicio del mayúsculo crédito bancario concedido para la adquisición de su mansión familiar en Galapagar, confianza financiera que no conceden las entidades bancarias sino a verdaderos potentados con estudiada capacidad de responder satisfactoria y puntualmente a los compromisos financieros contraídos. Este tipo -condecorado ahora- es, dicho pronto, el que se presentaba como pobre ante la multitud que, infantil, inocente, atontada y hasta bobalicona, le ha seguido el juego, creyéndole líder celeste de los desheredados del mundo. Un exitoso charlatán de feria, un listo, ¡vamos!

Yo quiero pensar que nunca lo pretendió, pero lo cierto es que, en medio de un cinismo hiperbólico -y de un histrionismo magistral- este tipo, Iglesias, ha engañado a placer a todo el mundo, cercano o lejano, a cuantos se le han puesto por delante. Y de ser un profesorcillo de escaso y gris obscuro porte intelectual -de otros portes, ni hablamos- ha llegado a ser regidor de nuestras vidas y haciendas, las de todos, cogobernando esta vieja nación, haciendo y consiguiendo para sí, para su goce, lujo y disfrute todo cuanto criticaba en otros a los que despreciativamente llamaba "casta". Ahí es nada el niño!

El colmo final ha sido que, llamándose Iglesias y sin creer en Dios, lo condecoran con una Cruz y lo acepta. Que siendo republicano y antimonárquico a rabiar, le conceden una Orden civil que lleva por nombre el de un gran rey y también lo acepta! Este tipo, lo que quería era ser "casta" a cualquier precio. Al fin lo ha conseguido. ¿O no?

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