Entre bambalinas

Maestras

  • Las cofrades han conseguido, con infinita paciencia, ser parte de las hermandades y su presencia está normalizada en cualquier ámbito

Una nazarena porta el Libro de Reglas de Salesianos. Una nazarena porta el Libro de Reglas de Salesianos.

Una nazarena porta el Libro de Reglas de Salesianos. / J. L. P.

Hoy es el momento de Ellas. Robándole con cariño la mayúscula a la Virgen, las cofrades reivindican hoy su espacio en silencio y tratamos hoy de ponerles palabra. Han conseguido remover el mundo cofrade desde la paciencia infinita, han encontrado su sitio. Al principio todo costó, pero cada vez es más natural verlas ocupar todos aquellos espacios vedados para los hombres décadas atrás.

Primero fueron espectadoras y fieles en los bancos. Las mujeres estaban destinadas a no aparecer en aquellas primeras instantáneas en blanco y negro. Sin embargo, escondían su mejor arma: eran las maestras encargadas de enseñar qué era aquello de las procesiones, los nazarenos, las imágenes y los tronos a las venideras generaciones. Las que mantuvieron el vínculo desde las aceras, las que hoy sus retoños recuerdan con una mezcla de melancolía y devoción humana porque sus primeros recuerdos se vinculan a la mano agarrada al paso de los cortejos y a los brazos que sostenían en alto para ver mejor y contarle al oído quién era Aquel de Nazaret.

Luego dieron el salto a las filas nazarenas. Se hicieron invisibles mientras permanecían ocultas bajo el capirote, revestidas de anonimato. Hasta que apareció una valiente, reconocida como Nazareno Verde en sus artículos, firmados de puño y letra por Dolores Carrera, la reconstructora de anécdotas y retazos de historia en el archivo de la Agrupación. Como Lola, otras iniciadoras como Ángeles Rubio Argüelles dejaron de ser las “señoras de” para ser ellas mismas.

El siguiente paso llegó con las juntas de gobierno de una incipiente democracia y la anquilosada Agrupación. Paloma Sánchez y Montse Hernández. Secretaria y delegada, ambas de Pollinica. A escondidas de un Obispado aún con aire a rancia dictadura y unos todopoderosos cortijeros al frente de las corporaciones en desbandada del generalísimo. Adela Rubio, desde su discreción, alcanzaría el hito de la primera hermana mayor en Dolores de San Juan y se hizo por la vía natural, sin titulares rimbombantes. Uno de los últimos superados, y quizás el más difícil todavía, censurado incluso en pregones por el pópulo: el varal. Anónimas y escondidas bajo el capillo hasta que Adela Utrera salió en portada. Fueron los tiempos de cabildos indignos para decidir si podían salir o no. Hoy no hay debate.

Pregoneras, acólitas, jefas de procesión, guías de tronos, ideólogas, fotógrafas, artistas, periodistas, archiveras, guardianas del ajuar y el arte de vestir a María. Herederas de aquellas iniciadoras que comenzaron con cariño y acabaron dando un paso firme para ser responsables en las mismas condiciones. Las que, muy probablemente, arrojen un poco de luz cuando los tiempos se han torcido. Por todo ello y a todas, gracias. Ya caminamos juntos.

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