Semana Santa

La medida del cielo

  • El traslado de Jesús Cautivo y la Virgen de la Trinidad se convirtió ayer en una cita multitudinaria, en la que no faltaron estampas inolvidables y emblemáticas de la expresión más popular de Málaga

EL traslado matinal de Jesús Cautivo y la Virgen de la Trinidad es, en un alto porcentaje, una cuestión de mujeres. Mujeres mayores, jóvenes, gruesas, enjutas, altas, menudas, silentes, charlatanas, madres, hijas, nietas, esposas, novias. Mujeres que se reúnen en grupo e intercambian sus impresiones y experiencias con tanto recelo como complicidad, mientras los hombres que se creen vinculados a ellas descansan en otra parte. Mujeres como las que llenan el Pasaje de Torres, frente a la Plaza de San Pablo, mientras el obispo, Jesús Catalá, preside esta mañana la misa de alba, con las imágenes ya protagonistas en el dintel de la iglesia. En esta ocasión no hay sillas protocolarias, así que todo el mundo, notables y vasallos, se reparten a pie la extensión de la plaza, por más que resulte evidente a favor de quién se han reservado los puestos más cercanos al altar. No importa. Las mujeres se aprietan firmes en su decisión de lanzar sus primeros vítores apenas termine la eucaristía, prólogo que muchas, y muchos, preferirían seguramente ahorrarse: aquí vamos a lo que vamos. El obispo llama a los congregados a cuidarse de la idolatría, citando al profeta Ezequiel: "No volverán a contaminarse con sus ídolos, sus acciones detestables y todas sus transgresiones. Los purificaré, ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios". Y añade: "El Cautivo es nuestro Dios; éste es vuestro Dios. Hay que abandonar otros ídolos. Hay que sacar de nuestro corazón lo que no sintoniza con Cristo". Y, sin embargo, por más que mientras el obispo habla una amiga da a la otra pelos y señalas del berrinche que pilló su marido por la reciente derrota del Barcelona, lo cierto es que ni siquiera hace falta tal encomienda: todos los corazones allí expuestos, apenas brindada aún la primera luz del sol, laten en plena sintonía con aquella madera tallada que representaba a Cristo y su Madre. ¿Y no sería ésta, acaso, una idolatría más del espíritu? ¿No son adoradas las imágenes en Semana Santa como si de dioses en sí mismos se trataran? En Málaga, por una vez, se cumple la profecía de Tales de Mileto: "Todo está lleno de dioses". Y aquí, en el barrio de la Trinidad, entre solares y ruinas, en el corazón secuestrado de la ciudad por donde nunca pasa nadie, justo donde hace tres mil años navegantes fenicios e íberos arrogantes pactaron la fundación de la urbe, los dioses vuelven a ganar el alma de los suyos.

Suena un Padrenuestro por colombianas y termina la misa. Voces de mujeres cantan las primeras saetas: las de Isabel Guerrero y Mari Ángeles Cruzado. También las de dos hombres, El Canario y Rufino Rivas. Una ambulancia plantada en la esquina entre Pasaje de Torres y la misma Plaza de San Pablo impide a muchos seguir la misa y ver el comienzo del traslado. Cuando suenan los primeros redobles de la banda de la Trinidad, la ambulancia intenta apartarse y desplazarse hacia la calle Mármoles. Pero la afluencia es tal que no consigue hacerlo hasta que prácticamente el trono se le echa encima. Un hombre que vende claveles rojos casi en la misma esquina intenta alcanzar un solar con una bolsa de basura repleta de tallos verdes. Llega hasta la reja con dificultad y esgrime un argumento definitivo: "El año pasado podía llegar aquí sin problemas, pero este año no me van a dejar entrar". Tiene razón: la impresión es brutal. Toda una Babel de oficiantes espera ansiosa el paso del Señor y la Virgen. El conductor de la ambulancia logra adelantar el vehículo apenas tres metros, mientras dos efectivos de Protección Civil intentan abrirle paso. Todos ellos reciben las quejas de los presentes, y hasta el automóvil se lleva algunos zarandeos por haber servido de obstáculo. Si el amor es ciego, la Semana Santa es implacable; y si la fe mueve montañas, qué no será de las ambulancias. Llega al pasaje alguien de la hermandad, un hombre vestido con traje impecable, corbata coloreada en homenaje al Cautivo, restos de melena morena escrupulosamente acicalados en torno a una calvicie incontestable, su cordón y su medalla. Empieza a repartir estampitas con las imágenes de los titulares y de inmediato se arma la bulla: todo el mundo allí metido quiere una, dos, tres, las que sean posibles. El hombre, con toda su buena voluntad, pide calma: "Tranquilos, que hay para todos". Y otro hombre plantea sus razones para el asalto: "Ya que Rajoy nos va a matar de hambre, por lo menos nos llevaremos una estampita". Quienes han visto la misa subidos a las tapias como pájaros a la espera del festín cambian la orientación de sus miradas: suenan las marchas y el Cautivo llega a la calle Jara. Caen claveles rojos de todas partes. Decir que no cabe un alfiler resulta más propio de la descripción que de la convención. Hay más mujeres asomadas a las ventanas. Mujeres de madurez surcada de arrugas, vestidas en bata, o madres impropiamente jóvenes aún en pijama, moño en ristre, ojeras surcadas de legañas, víctimas de los llantos lactantes que han condenado tan mala noche. Mujeres que se persignan, que lloran, que ríen, que echan de menos un café, que caminan detrás del trono con los ojos vendados o descalzas. Todo se resuelve aquí en la estrechura que aprovechan el resto del año los canis del barrio para sus trapicheos. Mejor vamos a Jaboneros.

El año pasado, la muchedumbre se desplazaba a la par del trono. Pero en esta mañana de dicha primaveral está ya apostada en cada orilla hasta el Hospital Civil. Un hombre de cana pelambrera, jersey raído y gafas de posguerra que se las da de listo recuerda que en este 2014 se celebran 75 años de la bendición de Jesús Cautivo. "Igual es por eso", señala. Pero no, la sed que todos estos han venido a saciar no entiende de efemérides. Hay más grupos de mujeres, por todas partes. Se han citado para la ocasión. Algunas lucen permanente resuelta la tarde anterior, otras han salido del corralón en chándal y hasta en camisón. Se preguntan por sus hijos, sus hermanos, sus cuñados, sus conocidos. Una abuela presume de nietos: "Está estudiando dos carreras y quiere ser director de cine". Otra habla de la enfermedad de una hija: "Está desesperada. Lleva así dos años y no le dicen nada". Cada una de ellas parece tener un motivo para venir aquí. Pero en la calle Jaboneros el traslado parece vestirse de fiesta. Quienes verdaderamente abren el paso son los militantes de un ejército de vendedores de claveles rojos y golosinas, que arrastran sus puestos con ánimo de trinchera entre la jauría. Los primeros se pueden comprar por 3,50 euros la docena, aunque una madre de bufanda exagerada al cuello se lamenta de que algún pillastre se los ha cobrado a seis. También hacen su agosto los apóstoles del merchandising: postales, abanicos, figurillas de cristal para la mesita de noche, rosarios en varios tamaños (grandes para el oficio doméstico, pequeños para el coche), pañuelos y demás artículos se distribuyen con comercial alegría, de manera que apenas cinco minutos antes de que pasen el Cautivo y la Trini la calle Jaboneros es una sinfonía de monederos abiertos. Los vendedores de lotería pregonan sus números a grito pelado, en competencia con las melodías que exhalan las cornetas a apenas cincuenta metros. Todos se hacen oír en este festín de sonidos que juegan a ser silencios. Otros hombres de la hermandad van repartiendo las estampitas que llevan en bolsas de plástico, y las mujeres acuden raudas. "¡Loli, mete la mano!", señala una a su compañera. "Pero, ¿cómo voy a meter la mano", responde la presunta. "El que no llora, no mama", sentencia la anterior. Una señora de cabello rigurosamente cortado y teñido de trigo, edad indescifrable, mejillas pobladas de surcos y sonrisa tan generosa como carente de piezas dentales luce para sus amigas, satisfecha, la pesca que acaba de sacar del río: nada menos que seis estampitas. "Tengo en mi casa una taleguilla llena sólo de éstas", presume, con orgullo primario. "Por eso andas así de bien protegida", responde una comadre cómplice con cierta chufla. Otra mujer mayor vestida con una rebeca verde de punto, que luce al cuello la medallita dorada del Señor de sus desvelos y que ha permanecido todo el rato callada, temerosa tal vez del devenir de los acontecimientos, rompe la barrera, se acerca al bordillo, tiende su mano a la del hombre que reparte las deseadas instantáneas del Cristo y su Madre y logra cazar una como si se tratase de una mariposa alienígena. Se lleva la estampa al pecho, expresa un gesto de satisfacción y se dice para sí misma, pero en voz alta, en connivencia con su ángel de la guarda: "Para mi Mari Carmen".

En la esquina con calle Trinidad, donde Jaboneros se hace ya Don Juan de Austria, justo al lado del café Benidorm, sopla todavía un viento frío. Aún no son las 9, y los pocos rayos del sol que llegan desde el río apenas logran deslumbrar entre los bloques de viviendas. Lo suyo aquí es ver el cortejo espantando los fantasmas del hambre matutina a base de café y pitufos. Para cuando el Señor y la Virgen llegan a estas alturas, las promesas constituyen ya un fragor inabarcable, con más mujeres cegadas, descalzas, ensombrecidas, dolientes por voluntad propia en pos de una gracia del cielo. Pero todo en este tránsito, lento y asombroso, evoca ya la medida exacta del cielo, como si la posibilidad del milagro existiera realmente a la vuelta de la esquina. Se suceden los vítores, los oles, viva el Cautivo, viva la Triniá, guapo, guapa. El gentío se amontona de tal manera que el paso del trono se cierra sin remedio. La policía intenta abrir el camino a duras penas. Dos agentes indican a los fieles que todo el mundo debe echarse atrás, y el propietario de un puesto de golosinas accede, no sin refunfuñar, a trasladarlo hasta la misma calle Trinidad. Las mujeres, sobre todo las de más edad, que han logrado avanzar puestos hasta la primera fila sobornando con lastimeo a los más madrugadores, ignoran las órdenes de los uniformados. El aviso se repite hasta tres veces, pero ellas, enfundadas en sus pellizas, con los brazos cruzados y las testas inclinadas hacia adelante, mutadas así en monolitos marmóreos, oponen toda la resistencia que sus compactos organismos son capaces de generar a sabiendas de que nadie va a tocarlas. Al cuarto aviso, la voz del agente que los pronuncia gana agresividad: "Señoras, o se mueven ustedes o tendremos que moverlas nosotros". Y entonces sí, las mujeres reaccionan, pero en pasitos muy, muy breves: uno, dos, tres y fuera. Casi todas calzan los zapatos negros gastados que se suponen en los pies hinchados de todas las abuelas. A las cornetas y demás instrumentos de la banda se añaden flautas y tamboriles: la Hermandad del Rocío, que tiene su sede justo aquí, rinde su tradicional homenaje. El trono se acerca, y no hay que perder el compás. Las mujeres (las menos) que han venido con sus maridos envían a éstos a las inmediaciones del trono para que arrojen los ramos de claveles. "¡Miguel, ábrete paso, sigue andando, que ya viene!", grita una a su resignado cónyuge mientras una prima se lo toma a choteo. "Si a él le gusta", responde el ama con gracia proverbial. Otro hombre, más joven, alto, de barba apurada, melena rizada ajustada con gomina y jersey yacente sobre los hombros, llora como un niño y no lo oculta. La emoción le embriaga. Se persigna cuatro veces. Hay un temblor en sus labios, un puchero que por nada mostraría en cualquier otra circunstancia. He aquí, al cabo, el gobierno de la sinrazón, despojado de máscaras y censuras.

Gálvez Ginachero es un bosque de tablets y teléfonos móviles: la lenta agonía de Cristo y su madre retransmitida en la intimidad del mensaje. Camino del Hospital Civil llueven más saetas, y más claveles: hasta en cuatro ocasiones hubo que aliviar el trono del enorme peso de las flores, que enterraban a las tallas como si éstas cayesen sepultadas. En la fachada del centro hospitalario, enfermos y miembros del personal sanitario esperan la llegada del traslado (la de ayer fue una ocasión especial: la del 25 aniversario de la formalización de estas visitas), los primeros para recibir las insignias de costumbre, los segundos para, durante unos instantes, tomar el relevo de los hombres de trono. La algarabía que el traslado siempre a su paso en la Trinidad se hace aquí murmullo, soniquete, un repunte poco mayor que el silencio. La lluvia de claveles rojos se vuelve tempestad a las puertas, y ya dentro Antonio Cortés y una Diana Navarro de mantilla entonan sus saetas para delirio de muchos. Hay admiradores encaramados a las rejas, los árboles, las tapias, cualquier promontorio que permita un poco de perspectiva. Culminado el rito, el traslado continúa por una calle La Regente atestada como pocas veces, según recuerdan otras mujeres veteranas, se ha podido constatar: "Chari, te juro que yo, tanta gente, no he visto aquí en mi vida". Cuando el Cautivo y la Virgen de la Trinidad llegan a su casa hermandad, es otro silencio el que gobierna el entorno del Hospital Civil: un vacío desmantelado, restos de envoltorios y algunos tallos pisados, el regreso del tráfico, niños que corretean por la acera. La vida allí donde hacía apenas un rato había acontecido el cielo.

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