San Juan llora a plena luz del Jueves Santo al Cristo de Vera+Cruz de Málaga
Entre el bullicio del día, el Cristo aguardó el manto de la noche para hallar el recogimiento que ansiaba.
Jueves Santo en directo
Salió Vera+Cruz desde San Juan, cuando la luz ya comenzaba a desvanecerse, entregando el cielo a una oscuridad tranquila. La tarde que se apagaba era como un suspiro del día, un alma que se embriagaba lentamente en la serenidad de la espera.
La procesión avanzaba, silente y solemne, como un río mudo que se despojaba de su eco al deslizarse sobre el pavimento empedrado frente a San Juan, dejando que cada paso fuera una plegaria. Málaga, en su ajetreo, se ofrecía sin reservas a la procesión, una ciudad que respiraba Semana Santa en cada rincón, en cada callejón, en cada alma que se postraba con respeto. La luz del día, pálida y moribunda, cedía su trono a la penumbra que se cernía sobre el horizonte, un manto oscuro que abrazaba las figuras que caminaban, y con él, la esencia de la cruz: penitencia, sacrificio, redención.
Túnicas verdes, que resplandecían bajo los últimos destellos del sol, se alineaban, apretadas bajo la cruz de malta, como los testigos silenciosos de una fe que se perpetuaba a través del tiempo. No eran simples vestimentas, sino la piel misma de la cofradía, que se fusionaba con la historia de la ciudad que latía al compás de las marchas procesionales, que se inundaba con el aroma del incienso y la cera derretida, que se arropaba con la emoción del recogimiento y la devoción. El cíngulo, de esparto sencillo, se ataba con el mismo fervor con el que el corazón del cofrade amarraba su esperanza, mientras el rosario, humilde y sencillo, pendía del cuello, recordando en cada movimiento el sacrificio de aquellos que caminaban antes.
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Había quienes decían que el Cristo fallecido no pertenecía a ese mundo frenético y jaleoso. Alguien, en el fragor del bullicio de la muchedumbre, susurró: “Este no es su público”. Y era cierto. La luz del día, con su jaleo y su bullicio, no era capaz de acoger la profundidad de una fe que trascendía la prisa cotidiana. El Cristo de Vera+Cruz, que se ofrecía al mundo en su agonía, requería un silencio profundo, un respeto que solo la noche era capaz de proporcionar. La multitud, siempre en su constante efervescencia, no podía comprender la magnitud de lo que ocurría bajo la penumbra, cuando la procesión se convertía en un diálogo íntimo entre el hombre y lo divino.
Así, con el sol que ya se apagaba y la noche que se imponía, la Vera+Cruz avanzaba, fiel a su legado, con pasos serenos y decididos. La cofradía, como una oración que nunca se interrumpía, seguía su camino hacia su destino, hacia la paz que solo los fieles conocían, hacia el abrazo del Cristo fallecido que aguardaba en silencio, en la esperanza renovada de cada año que se venía dando para la cofradía Fusionadas a la que pertenece desde el Domingo de Ramos.
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