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Adolfo Suárez

Apuntes personales sobre Adolfo Suárez

ESPERÁBAMOS la noticia de su muerte, aunque desde hace 11 años, lo suyo no era propiamente una vida. Un destino trágico se ha cebado con Adolfo Suárez privándole de lo esencial del ser humano, la conciencia de su existencia. Y finalmente se ha ido en paz, con su sonrisa de siempre, ajeno a su propio sufrimiento.

Hace muchos años, la presencia de Suárez determinó mi vida. Recién acabados mis estudios de Periodismo se iniciaban los preparativos para lo que sería el cambio del régimen político que había gobernado España durante 40 años. Y un joven de orígenes falangistas se preparaba para esa tarea junto a un reducido grupo de colaboradores. Llegó a sus manos un ensayo que yo había escrito sobre la posibilidad de incorporar el socialismo en el marco del sistema franquista en sus últimos años. Yo era un joven impetuoso que no midió las consecuencias de escribir tales propuestas con Franco ejerciendo en plenitud. De aquel ensayo elaboré una conferencia que pronuncié en Madrid y también en Almería. El caso es que a Suárez le llamo la atención aquel estudio y a través del Director General de Prensa, Manuel Blanco Tobío, me pidieron una reunión. Pasó el tiempo y los hechos se sucedieron vertiginosamente y un día fui llamado otra vez para reunirme en un pequeño piso con Suárez y Fernando Abril Martorell, que me propusieron incorporarme como director de comunicación. Me sedujo su cercanía, su convicción absoluta y su franqueza, así que acepté sin muchas objeciones.

Desde aquel día, mi vida y mi profesión cambiaron de manera radical. Entraba de lleno en los entresijos de la política junto al que sería artífice del cambio de rumbo que llevaría a España a una democracia. Así comencé una relación profesional que llegaría a una estrecha amistad personal con un joven político que quería pasar a la historia, me repetía con obsesión. Sabía que hacíamos historia y puso el alma en el éxito de esta ingente labor. Cada día era distinto, absolutamente impredecible. Días que se sucedían con interminables noches entre humo de Ducados, botellas de Coca-Cola y restos de tortillas francesas y bocadillos. Nos entregábamos sin medir el tiempo ni el esfuerzo. Adolfo nos daba una palmada y ánimos para continuar frenando el pesimismo de Abril Martorell, que sospechaba de todo y buscaba conspiraciones que en realidad no existieron. Franco murió y todo comenzó a rodar con altibajos respecto a las expectativas de Suárez. Pero el Rey tenía claro que habrían de comenzar con urgencia los cambios para entrar en la senda de la reconciliación; él quería ser Rey de todos los españoles, y para ello habría de confiar el Gobierno a alguien de su confianza y que conociera las entrañas del régimen que habría de desmontar. Ciertamente no estuvo solo, tuvo como aliado singular una figura del régimen además de Catedrático de Derecho Político, Torcuato Fernández Miranda, verdadero inspirador de los mecanismos del cambio "desde la legalidad a la legalidad". Y tuvo también la aceptación del pueblo español. Se hicieron cosas importantes que habrían de marcar el futuro de España. La Ley de Reforma Política, la legalización de los partidos y la Constitución española de 1978. Todo se hizo en un año vertiginoso con un reducido grupo de colaboradores leales a los planes de Suárez, planes y estrategia no siempre conocidos en su entorno más próximo. Comenzó lo que luego se conoció como la Transición, una época memorable donde salió a relucir lo mejor de los españoles. Asimismo habré de repetir la generosidad de los grupos políticos que hubieron de renunciar a algunas de su premisas ideológicas para dar paso a un proyecto que hiciera posible la convivencia pacífica dejando atrás páginas de nuestro reciente pasado.

No todo fue tan sencillo como se pretende. Y es evidente que hubo sus luces y sus sombras. Suárez hubo de soportar muchas incomprensiones, mucho desprecio y algunas e importantes traiciones. Y tampoco fue del todo ejemplar la actitud de la oposición, singularmente el PSOE, donde brillaban con especial inquina las descalificaciones personales de Alfonso Guerra en sede parlamentaria. Si bien es cierto que el tiempo ha dejado lugar para una serena reflexión y Guerra ahora reconoce la figura y la obra de Suárez.

En lo político, el drama de Suárez es que ha muerto sin llegar a conocer la reivindicación de su persona y obra. En los últimos años los españoles hemos ido forjando en Adolfo Suárez una figura emblemática elevada sobre la miseria política y se ha ensalzado como símbolo de la reconciliación. Pero él no ha conocido esta nueva valoración de su imagen, sólo el repudio de una parte de la sociedad, la animadversión de parte significada de las Fuerzas Armadas que culminó en golpe de Estado del 23 de febrero y su posterior decadencia política humillado en las urnas hasta el fracaso estrepitoso del CDS, aquel partido que fundó para hacer valer su legado. Le resultó muy doloroso aceptar este veredicto y se retiró definitivamente de la actividad pública herido también por tanta incomprensión y por la actitud de insignes barones de la UCD que le negaron un futuro político en el partido que el fundó.

Cuando se retiró de la política no imaginaba el destino terrible y los muchos sufrimientos que le aguardaban en relación a sus seres más queridos. Los malos hados trajeron la tristeza a su vida con largas enfermedades de su mujer y su hija que tuvieron un fatal desenlace, de lo que el propio Suárez no se pudo recuperar herido en lo más profundo de sus sentimientos. Como en la tragedia clásica, el héroe no pudo saborear sus triunfos porque la vida le depara un trágico destino. Trágico destino que culmina en su propia enfermedad, que le ha privado durante 11 años de la vida en el sentido mas humano, sumiéndole en una sima donde la memoria y los recuerdos ya no alimentaban ningún sueño. No se reconocía a sí mismo ni a sus familiares y amigos. Le quedaba esa sonrisa, ese gesto de simpatía que tanto cautivó a los españoles de aquellos años que tal como él predecía hicieron Historia. Una Historia en la que ha escrito páginas memorables y dejado una huella imborrable. Descanse en paz el presidente por antonomasia de la democracia española. Descanse el amigo. Guardo papeles escritos de su puño y letra, fotografías y recuerdos. Muchos y buenos recuerdos de aquellos apasionados años donde España cambió para siempre. Guardo en mi memoria su sonrisa y su abrazo. Los dejaré como un tesoro para mis hijos y nietos. Son parte de unas páginas heroicas de la Historia de España.

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