de libros

Figura sobre fondo blanco

  • Este 25 de diciembre se cumplirán 60 años de la muerte de Robert Walser, fallecido tras caer accidentalmente en la nieve junto al sanatorio suizo de Herisau, donde estaba internado desde 1933.

Walser en Berlín en 1905, en uno de sus escasísimos viajes al extranjero. Walser en Berlín en 1905, en uno de sus escasísimos viajes al extranjero.

Walser en Berlín en 1905, en uno de sus escasísimos viajes al extranjero.

Ahí fuera, el pastoril entorno de Heidi estaba cubierto por una hermosa capota blanca. La nieve había caído por los bosques, los pueblos cantonales, las montañas aledañas a los Alpes suizos. Los caminos y trochas de los alrededores formaban su oscuro surco por entre lo blanco y mullido. Uno de estos caminillos era el que conducía al manicomio de Herisau. Allí, desde hacía 23 años, residía el escritor Robert Walser (1878-1956). Desde que tenía 50 años había dejado de escribir. Cuando llegó a la puerta del manicomio en 1933 -desde hacía cuatro años residió en el otro sanatorio de Waldau-, dijo que se internaba ahora aquí "no para escribir sino para enloquecer".

El día de Navidad de 1956 Walser había comido con provecho. Tomó choucrout con carne, después salchichas de cerdo. Al término probó merengue con nata montada. Como era costumbre en él, salió a pasear para rebajar la digestión. En días festivos solía acompañarlo su amigo y albacea Carl Seelig, autor del esencial Paseos con Robert Walser. Pero ese Día de Navidad su perro había enfermado y no acudió a su cita con el interno. Mientras caminaba solo, en un momento dado el paseante Walser se trastabilló, perdió el sombrero y cayó cuesta abajo unos tres metros. Murió. Unas tenebrosas huellas marcadas en la nieve llevaban a su cuerpo. Su dramático bulto negro sobre fondo blanco fue encontrado por un perro, luego por unos niños. Practicado el oficio forense, el cadáver fue llevado al manicomio en un trineo de varas curvadas. El paseante que siempre había sido Robert Walser parece que había encontrado el camino definitivo, el más auténtico, por el que nunca se retorna. "Uno camina sin más, y mientras, confía en encontrarse en el camino verdadero".

Esta Navidad se cumplen 60 años de la muerte del "más solitario de los escritores solitarios" (Martin Weiser). El sello Siruela acaba de reeditar en edición conmemorativa El paseo. Quizá sea el libro más simbólico del escritor que siempre fijó su mirada en el mundo mínimo, en la grandiosidad de lo pequeño. "He de confesar que veo la naturaleza y la vida humana como una serie tan hermosa como encantadora de repeticiones, y además quisiera confesar que contemplo esa misma manifestación como belleza y como bendición". Quien habla en el libro es la voz del paseante, trampantojo -claro está- del propio Walser.

Esquinado, enfermo, huidizo, solo, dolorido, fracasado... Podría parecernos el ejemplo de todo un campeón del fracaso. Y es verdad que lo fue. Pero, sin embargo, cuánta epifanía, cuánta alegría votiva sentía por lo bello que siempre tenía ahí delante (una casa, los árboles, un puente, el tranvía, unas nubes, los colegiales, unas flores, las tiendas, un río, la taberna amiga). Quiere decirse el prodigioso tapiz de la vida y la rutina, y lo mismo en la urbe fabril que en el campo. No importan los quehaceres pesados que nos acechan. Al final siempre existe consuelo poético para quienes andan atentos al gran acontecimiento del día: el milagro, la clepsidra de la nada. Solía decir que no hacía falta ver nada extraordinario, puesto que ya es mucho lo que se ve. El paseo es como una finta literaria que demuestra todo lo dicho. El libro original apareció publicado por primera vez en 1917 por la editorial Huber.

W. G. Sebald escribió un emocionante opúsculo sobre la vida de Robert Walser. A su buen decir los sentimientos son más profundos cuando se demuestran en nimiedades. Era el caso extraordinario de Walser. Cuando hablaba de la simple ceniza, ésta la analizaba como Lucrecio solía admirar las inefables motitas de polvo dorado al trasluz de la ventana. La ceniza, decía Walser, nos dice muchísimas cosas pese a su aparente nadería. "La ceniza es la humildad, la intrascendencia y la falta de valor mismas y, lo que es más hermoso, ella misma está obsesionada con la creencia de no valer para nada". Y añade: "¿Se puede ser más inconsistente, más débil y más insignificante que la ceniza? Sin duda no es fácil. ¿Hay alguna cosa que pueda ser más transigente y paciente que ella? No, desde luego (...) Donde hay ceniza, en realidad no hay nada. Pon tu pie sobre la ceniza y apenas notarás que has pisado algo".

Sugiere Sebald que este pasaje sobre la ceniza vendría a ser como la autocremación del propio autor. Estamos de acuerdo. La ceniza es la nada donde uno se trasfunde para la nada, en la nada. Pero, igual que la ceniza, también podría valer el modesto copo, la lasca tornadiza de la nieve, como la que solía posarse sobre el humilde terno de aquel amante del paseo a pie. En varias fotografías vemos al andarín caminando por entre la nevisca, o posando como si fuera un sosias de sí mismo ante la cámara, con copitos de nieve encima (la mayor parte de estas fotos las hizo Carl Seelig en Herisau a partir de 1936).

Una curiosidad. Pese a las heladoras estampas, casi nunca vemos a Robert Walser con abrigo de paño o gabán. Y siempre, siempre lo vemos acompañado de un paraguas. Y lo mismo en pleno invierno que, como también solía ocurrir, durante el verano, bajo cielos azulinos y el sol más grato. Era lógico: "Debajo de un paraguas me siento como en casa".

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