Málaga

Mapas para operar el cerebro

  • Un centro de la UMA hace resonancias avanzadas para guiar a los neurocirujanos en operaciones complejas

Natalia García y Ramón Ramos, en el Centro de Investigaciones Médico Sanitarias de la UMA. Natalia García y Ramón Ramos, en el Centro de Investigaciones Médico Sanitarias de la UMA.

Natalia García y Ramón Ramos, en el Centro de Investigaciones Médico Sanitarias de la UMA. / Javier Albiñana

Los que peinan canas saben de la diferencia que hay entre viajar con o sin Google maps. Un salto similar se ha producido en el campo de la Neurocirugía: los avances en el diagnóstico por imagen permiten mapear el cerebro para que los neurocirujanos operen con mayor seguridad. Un detalle nada baladí si se tiene en cuenta que un error puede suponer pérdidas motrices, lingüísticas o de otras capacidades.

La neuróloga Natalia García Casares, el radiólogo Ramón Ramos y el técnico de imagen Francisco Alfaro forman un equipo especializado en hacer mapas para operar el cerebro. Pertenecen a la Sección de Resonancia Magnética de la Unidad de Imagen Molecular del Centro de Investigaciones Médico Sanitarias (Cimes) de Universidad de Málaga UMA).

Ellos fueron los que hicieron el mapa cerebral del paciente que tocaba el saxo mientras le extirpaban un tumor de la cabeza y también de aquel joven de 17 años al que antes de intervenirlo, un equipo del Regional le traspasó el lenguaje al otro hemisferio. Son verdaderos lazarillos para los neurocirujanos.

El equipo del Cimes hace estos mapas cerebrales a petición de hospitales públicos y privados de Málaga, España y otros países europeos. Son casos muy seleccionados por su complejidad en los que los neurocirujanos necesitan extremar más que nunca su precisión. García explica:“Se trata de que el paciente, cuando salga del quirófano, no tenga muchas secuelas” de la cirugía. “Porque hay que evitar en lo posible daños que puedan provocar secuelas invalidantes”, añade Ramos.

En el primer caso el objetivo era que el paciente pudiera seguir tocando música tras someterse a la operación de su cerebro y en el segundo, que el joven no perdiera su capacidad de hablar.

Para ello el Cimes –que pertenece a la Fundación General de la UMA– cuenta con una tecnología puntera; una resonancia magnética de tres teslas, cuando los equipos habituales suelen ser de 1,5. Pero además, dispone de una tecnología en manos de profesionales muy especializados, lo que les permite sacarle aún más partido. Es como tener un Mercedes pilotado por Hamilton.

La diferencia entre la resonancia convencional y función viene a ser como entre una foto y un vídeo

El aparato además es de resonancia funcional. Ramos explica que mientras la convencional permite ver la anatomía del cerebro, esta otra posibilita observar también la actividad cerebral. La neuróloga ejemplifica:“Es como la diferencia entre una foto y un vídeo”.

Y como cuando se hace una determinada tarea, en la parte del cerebro que la ordena hay un mayor consumo de oxígeno que registra la resonancia, estos especialistas le ponen deberes a los pacientes mientras les hacen la prueba. La tarea puede ser mover una mano o pensar palabras con una determinada letra. Así, delimitan en el mapa el área elocuente –como se llama la zona que rige una función cerebral básica– que puede verse afectada por la cirugía. Esta parte aparece en rojo. Las imágenes se ven en blanco y grises de distintas intensidades.

De esa forma, el neurocirujano cuando opera sabe –como con Google maps– hasta donde puede apurar para quitar un tumor y donde debe parar porque puede comprometer una función imprescindible para el paciente, señalada en rojo. Ramos explica que con su trabajo de diagnóstico por imagen le advierten a los neurocirujanos de los obstáculos.

Además, esta sección de la Unidad de Imagen Molecular del Cimes hace una prueba menos conocida: la tractografía. En este caso, el mapa se ve en rojo, verde, azul... Esta prueba refleja el cableado que conecta los dos hemisferios cerebrales. Por ejemplo, una persona no sólo debe tener la voluntad de hablar, sino la capacidad de mover los músculos para hacerlo. Esos cables pueden romperse por un tumor, un ictus, esclerosis múltiple u otras patologías. Esta prueba permite analizar el estado de esas conexiones. En síntesis, los mapeos del Cimes ayudan a los neurólogos a afinar el diagnóstico y a los neurocirujanos a precisar la operación. Y eso se traduce en un mejor resultado quirúrgico.

Ramos y García aclaran que en esos casos complejos en los que intervienen ellos son “un ladrillo más” en una pared que se construye entre muchos especialistas. A saber: neurólogos, neurocirujanos, radiólogos, neuropsicólogos, neurofisiólogos y especialistas en Medicina Nuclear. Las decisiones se toman en conjunto y en base a cada caso concreto. Para ello, asisten a los comités en los que se debate cómo abordar cada cirugía o cuál es el mejor tratamiento para cada paciente.

Tumores cerebrales, operaciones de epilepsia resistente a fármacos o malformaciones vasculares del cerebro suelen ser las patologías más frecuentes que necesitan de esta cartografía singular. Y todos –en el Cimes y en los hospitales– suman sus esfuerzos y su tecnología con un único fin: la mejor solución para el paciente.

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