Calle Larios

Esencias del Molinillo

  • Mestizo, caótico, frenético y contradictorio, el barrio lucha por mantener su identidad bajo mascarillas y distancias de seguridad, entre el lavado de cara y el arrabal del olvido

La esencia del Molinillo, a prueba de mascarillas. La esencia del Molinillo, a prueba de mascarillas.

La esencia del Molinillo, a prueba de mascarillas. / Javier Albiñana (Málaga)

La calle San Bartolomé es un desfile continuo de ir y venir de gentes ya desde el cruce con la calle Capuchinos. Hay mujeres con hijab que empujan sus carritos de la compra a toda velocidad, como si llegaran tarde a donde quiera que sea que las esperan; vecinos en las puertas de los bares y en cándida conversación en las aceras, paseadores de perros, vendedores de lotería, merodeadores profesionales, desempleados de camino a la oficina del SAE con la hora de la cita apuntada en un trozo de papel, despistados que han terminado aparcando aquí al lado para ir al centro, agentes comerciales del PTV, adolescentes en el turno doméstico de las clases del instituto enviadas por sus madres a hacer el mandao y extraños señores encorbatados que cruzan a toda mecha, maletín en mano, como si aquí alguien se jugara algo importante, todos con sus mascarillas, con una observancia dispar de las distancias de seguridad y en un paisaje común que revela las estrías de una ciudad viva, latente, y a la vez un tanto adormecida, como en una vigilia demasiado prolongada o una melopea que no termina de culminar en resaca. Es un mediodía nuboso, adormilado también, absorto. En honor a la verdad, la vecina que viene desde la Goleta intentando encenderse sin éxito un cigarrillo lleva la mascarilla en la barbilla, como si de la mismísima armadura de Amadís de Gaula se tratase; la mujer, de pelo rizado con un tinte ya degradado, un jersey demasiado holgado derramado en bolas y ojos pequeños y felinos, ni siquiera mira al frente, empeñada como está en darse fuego, así que va chocando con los habitantes de la acera sin excesivas atenciones y sin gota alguna de gel hidroalcohólico en las manos. A mi espalda, dos jovencitos hablan a volumen suficiente como para ser escuchados en el Arroyo de los Ángeles: "Ese payo va a acabar mal, mira que se lo dice todo el mundo, pues no se entera". La refriega continúa en la misma calle San Bartolomé. Un tramo notable de la acera está ocupado por los clientes del bar que han salido a fumar un cigarro. Han dejado un pasillito como única opción para el peatón, obligado así a atravesar un checkpoint de usuarios con la mascarilla acoplada en el gaznate, cubierto de una espesa nube de humo. Jóvenes y mayores, todos varones, algunos con el mono recién manchado de pintura, otros tiesos sin nada en los bolsillos, comparten botellines de cerveza, intuiciones quinielísticas, desvelos financieros y algunas imprecaciones dirigidas a una amplia gama de representantes públicos. En esta esquina, la ciudad se desliza con una verdad aplastante. No hay escaparates turísticos, ni decisiones políticas ni presupuestos: sólo la realidad en su aplastante objetividad.

Asamblea de vecinas en la acera con la mercancía de la frutería a tiro. Asamblea de vecinas en la acera con la mercancía de la frutería a tiro.

Asamblea de vecinas en la acera con la mercancía de la frutería a tiro. / Javier Albiñana (Málaga)

En la Cruz del Molinillo, la capilla de la Piedad exhala la tristeza propia de un año en el que tampoco saldrá la procesión. Pero la impresión de tiempo perdido va mucho más allá. En este núcleo discreto, mestizo, caótico, frenético y diverso, que una vez fue el arrabal de la ciudad, todavía a este lado del río, las afueras han decidido permanecer para siempre, consolidarse en la misma identidad del barrio. La impresión de límite, de frontera que conduce a otra parte, comparece en cada recodo y se expande a lo largo de Duque de Rivas hasta los dominios remotos de Ciudad Jardín. Ya no queda en pie ninguna de las pocas casas que hasta hace sólo unos años preservaban la memoria del siglo XVIII, ni vienen los pescaderos a mostrar sus mercancías al descubierto, en los aledaños del mercado: la calle Ollerías y las callejuelas de la Goleta son ahora una amalgama de viviendas de protección oficial y edificios de apartamentos microscópicos, servidos en una arquitectura aséptica y deslucida. Pero cunde la impresión de que no ha habido un reemplazo, de que la decadencia ha continuado aquí su curso sin más: el Molinillo viste las galas de un barrio olvidado, dejado de lado, sucio, desplazado de los planes de desarrollo y del esplendor de la Málaga efervescente y cosmopolita que se despliega un par de calles más allá. Aquí poco ha cambiado desde que estalló la epidemia del coronavirus: los ritos, los encuentros y los intercambios se dan un poco más o menos como siempre, y volverán a darse así cuando todo haya pasado. Al mismo tiempo, como en una paradoja no exenta de contradicciones, el barrio afronta un proverbial lavado de cara: la restauración del Mercado de Salamanca ultima ya los definitivos retoques mientras, justo al lado, el mercado provisional es un frenesí de compradores en busca de la mejor fruta del día. El Museo Jorge Rando ha prodigado una sonora transformación del entorno, con actividades culturales gratuitas y abiertas para todos los vecinos y también para los que vienen de otros barrios y ciudades. Se advierte así una tensión entre lo que se resiste al cambio y la evolución marcada, entre la decadencia perenne y la intervención dispuesta para frenar la ruina, entre el pasado discreto y el futuro inclinado al empeño: entre uno y extremo yace un barrio en plena lucha por la conservación de su identidad.

El Mercado de Salamanca, emblema arquitectónico del barrio. El Mercado de Salamanca, emblema arquitectónico del barrio.

El Mercado de Salamanca, emblema arquitectónico del barrio. / Javier Albiñana (Málaga)

El frenesí no es mucho más sosegado en las fruterías de las esquinas. En la acera norte entre la calle Salamanca y Huerto de los Claveles hay señeras cafeterías que se han visto obligadas a echar el cierre, tiendas de moda en estrecha complicidad con su clientela y bazares chinos en los que cabe no descartar la posibilidad de encontrar un Gremlin a bajo precio. De nuevo en Cruz del Molinillo, frente al museo, la hamburguesería abierta donde una vez hubo un Quitapenas sirve cafés y cervezas a vecinos que comparten tertulia y, tal vez, algo de esperanza. La vida sigue, armada de paciencia. Aunque no siempre como se la espera. 

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