Málaga: el retablo de las maravillas
Calle Larios
Volverán para convencernos de que admiremos los asombrosos ingenios que traerán para agasajarnos, las veces que haga falta, pero lo importante es que los radicales sean siempre los otros
Málaga: el imperio del kitsch
Puede parecer una coincidencia más, pero lo cierto es que el fin de semana pasado, mientras la polémica en torno a las esculturas de Ginés Serrán saltaba a los medios de comunicación nacionales e internacionales, la compañía Joglars estrenaba en el Teatro Cervantes su nueva producción de El retablo de las maravillas. Y, bueno, creo que es difícil no ya superar, sino igualar semejante sentido de la oportunidad. Siempre he pensado que, con este entremés que publicó en 1615, Cervantes estaba sacando a la luz una cuestión fundamental de la identidad de Málaga, ya no solo como espacio cultural sino como realidad urbana, en toda su complejidad. Sí, claro, el fenómeno que el autor describe en su sátira tiene un alcance universal, pero creo que su impacto cristaliza mejor en territorios donde perviven determinadas inclinaciones sociales afirmadas en un cierto carácter. En el entremés, ya saben, un espabilado trae a la plaza un retablo en el que los espectadores podrán admirar maravillas nunca antes vistas, asombrosos espantos, encantos sin parangón; pero tales prodigios no llegarán a ser percibidos por hijos bastardos ni por cristianos nuevos, esto es, por individuos de sangre impura. Por supuesto, todos los que acuden al espectáculo se dejan embaucar y aplauden conmovidos la representación de las maravillas con tal de no delatar la suciedad de su ascendencia, cuando, en realidad, en el tablado no está pasando nada. Las esculturas que finalmente se instalarán en el Puerto, tal vez durante un plazo breve, quizá ad aeternum según la voluntad del artista, representan con fidelidad un nuevo intento de hacernos convencer a los malagueños de la llegada de un portento sin igual ante el que únicamente podemos aplaudir sin decir ni pío porque, de lo contrario, quedaremos retratados como amargados, antimalagueños, los del no a todo y todas esas lindezas bien conocidas. Esta vez, sin embargo, la cosa no ha salido según lo esperado: las instituciones civiles encargadas de velar por el patrimonio de la ciudad han dicho no y, por una vez, Málaga ha proyectado una imagen de sí madura y educada, inmune a los sortilegios y al hecho de que nuestro buen escultor tenga obras expuestas lo mismo en Nueva York que en Filipinas. Por cierto, es llamativo el empeño del propio artista, de otros portavoces y de algunos medios en separar el criterio de estas voces críticas respecto al de la ciudadanía: tales instituciones emanan de la ciudadanía, no del poder político, y deben ser consideradas como parte sustancial de la misma.
Pero el mecanismo es precisamente este: en las últimas décadas no nos han faltado concejales, directores de museos, arquitectos, promotores inmobiliarios y personajes de diversa enjundia que han venido a la ciudad con sus retablos a hacer sus negocios y a advertirnos de que si no admirábamos sus maravillas, si no asentíamos de manera acrítica, la culpa era nuestra por atrasados, catetos, enemigos del progreso, bastardos recalcitrantes y amantes de aquella Málaga oscura llena de vampiros y drogadictos en la que no sucedía nada y todo el mundo se moría de hambre. Y pasar por antimoderno en una ciudad como Málaga, entregada en cuerpo y alma a lo que don Fulano de Tal diga que es el no va más, es una distinción bien delicada. Nos han pasado por delante museos de las gemas, espectáculos de luces navideñas, murales de Sorolla, rascacielos en el dique de Levante, festivales de ópera promovidos por Plácido Domingo, atracciones de inmersión virtual en obras de arte bajo carpas de feria, museos de museos y otras aberrantes peonzas giratorias ante las que solo estaba permitido practicar la genuflexión más esmerada. Me gustaría pensar que la reacción cívica contra las esculturas del Puerto significa el comienzo de algo, de un episodio en el que Málaga se tome al fin en serio a sí misma. El tiempo lo dirá.
Mientras tanto, nuestro alcalde, Francisco de la Torre, considera “de un radicalismo excesivo” la instalación de las esculturas en el Puerto. Por supuesto, lo importante al final en estas cosas es que los radicales sean los otros. Porque, entendemos entonces, no hay nada radical en la decisión unilateral de instalar unas esculturas de tal envergadura en una zona tan sensible como el acceso al Puerto, sin consultar no ya a la ciudadanía, sino a las instituciones competentes. En esas mismas declaraciones, De la Torre admitía que la ubicación de las obras de arte sí ha contado con el visto bueno municipal, aunque “es posible que se viera con rapidez ese tema” y que ni siquiera se tomase muy en cuenta la altura indicada de las esculturas. Pero semejante ligereza mostrada a la hora de despachar una cuestión no pequeña tampoco debe ser tomada como una medida radical. La ocupación de un edificio es un acto radical, siempre, pero tenemos que entender que la Junta de Andalucía no actúa de manera radical cuando decide vender un edificio destinado a un uso social a un fondo de inversión israelí para su transformación en apartamentos turísticos, reforzando así de manera flagrante un modelo que está expulsando a los malagueños de sus casas y negando a toda una generación el derecho a la vivienda. Se trata de eso, ¿verdad? De que los radicales sean los otros. De que los apartamentos turísticos y la exclusión vecinal sean los únicos medios aceptables para el futuro de Málaga. Pues bien, cabe recordar que no ha existido históricamente un organismo más radical que la ciudadanía, ese estatuto sustentado en ideas justamente radicales como la justicia y la igualdad. Pero ya habitamos estos tiempos en los que darle carpetazo a los retablos de las maravillas nos convierte en radicales. Bien, sea: aquí tienen uno. A su disposición.
Temas relacionados
No hay comentarios