Cultura

¿Sueñan los Ángeles del Infierno con jefes de prensa?

  • Hunter S. Thompson, escritor norteamericano y padre del periodismo 'gonzo', regresa a las librerías con su mítica obra sobre la saga de los moteros forajidos

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Hunter S. Thompson contaba que llegó al periodismo porque a los 27 años, edad que había calculado como óptima para morir, seguía vivo. Entonces se dedicó a escribir, porque "nunca pensé que viviría tanto, y al hacerlo tuve que explicarme a mí mismo, así fue como acabé escribiendo". Y lo hizo desde la premisa que él acuñó: "La única manera de escribir honestamente de algo es formando parte de ello".

Nacido en Louisville, Kentucky, en 1937, Thompson pensó que con llegar a 1964 era suficiente. ¿Para qué más? Y sin embargo, a esa edad ya era padre de un niño, fruto de su matrimonio con su novia Sandra, y su economía era más propia de un recogedor de cartones que de un autor de best-sellers. Por lo demás, casi estuvo a punto de lograr una muerte temprana, pero no un cadáver bonito: tras convivir durante más de un año con los Ángeles del Infierno le faltó poco para morir a manos de un grupo de ellos, convencidos de que el reportero era un listillo que estaba forrándose a su costa. Es muy probable que tuvieran razón. Los moteros jugaron al fútbol con Thompson como balón y pretendieron poner fin al partido reventando su cabeza con una gran piedra. No ocurrió así, Thompson salió por patas y salvó la vida. La historia tomó forma de reportaje en The Nation al año siguiente y posteriormente como libro editado por Random House: Ángeles del Infierno. Una extraña y terrible saga. Anagrama lo publicó en España en 1980, veinticuatro años después de su aparición en Estados Unidos, y lo recupera ahora en su nueva colección Otra vuelta de tuerca, dedicada a rescatar "tesoros escondidos" de la editorial que "fueron celebrados en su día, pero que ya llevan tiempo ausentes de las librerías".

Y sí, hay que volver brindar. Por lo menos en el caso de este número seis de la colección, reservado para el libro del Doctor Gonzo. Porque en esta era de información triturada, prensada, adoctrinada, aguada, insípida, filtrada, canalizada, cobista, melosa y servil, la lectura de Thompson es un chute reconfortante que -y esto es lo más importante- sumerge al lector en un periodismo sin intermediarios mendaces, obsesos de la propaganda y alérgicos a los hechos. Los textos de Thompson reconcilian a uno con el reporterismo al encarar a los protagonistas de sus historias -una salvaje expedición motera, un derby hípico decadente, una nauseabunda campaña electoral o una desquiciante excursión a Las Vegas- desde dentro, sudando con ellos y no instalado entre faxes, emails, SMS, comunicados oficiales, recados institucionales, ruedas de prensa sin preguntas, videoconferencias somnolientas y declaraciones estereotipadas previamente pergeñadas por un jefe de gabinete, un asesor de prensa o un experto en comunicación cuya eficacia, como acertadamente escribió Guy Debord, es mayor cuanto más miente.

No, el periodismo gonzo, término que nace del argot irlandés de Boston para referirse al tipo que acaba en pie una maratón alcohólica, refleja en sus textos que desprecia todo eso. Tiene que hacerlo. Si no, no sería gonzo. Cierto que en él domina el yo -Thompson nunca negó su egomanía: recuerden, se dedicó a esto para explicarse a sí mismo-, pero esa notoriedad de la primera persona (el periodista está en el meollo y no aburriéndose con internet mientras aguarda el o.k. de algún correveidile) evita que el trabajo periodístico esté estrictamente presidido por el código de la corrección política, eso que, según Furio Colombo, nos hace babear tontamente en la "Disneylandia de las Noticias", donde el periodismo maniatado por el uso de la información recibida, facilitada por razones propias por las fuentes del poder, transforma las páginas en parques temáticos construidos con materiales prefabricados, casi siempre fuera de las redacciones.

Así que Thompson apenas las pisaba. Iba a por su objetivo -muchas veces sin saber cuál era, la verdad- de una forma insana y desbocada, lo que se dice una juerga. El maletero de su coche no portaba sándwiches de pavo sin grasa ni botes de benecol y vitaten. El avituallamiento de su ya legendario viaje a Las Vegas, por ejemplo, lo componía una dieta a base de dos bolsas de hierba, 75 pastillas de mescalina, cinco hojas de ácido, un salero medio lleno de cocaína, más pastillas de todos los colores y un cuarto de tequila y otro de ron, una caja de cervezas, una pinta de éter puro y dos docenas de cápsulas de nitrato amílico. Amigo, si no te sale el reportaje es que estás muerto.

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