Crítica de Teatro | Verne

Él inventó el submarino para ir a la Luna

Representación de 'Verne: futuro y ficción', en el Teatro Echegaray. Representación de 'Verne: futuro y ficción', en el Teatro Echegaray.

Representación de 'Verne: futuro y ficción', en el Teatro Echegaray. / Daniel Pérez / Teatro Echegaray (Málaga)

Ahora que la ciencia-ficción vuelve a estar de moda, aunque sea en su vertiente distópica (demasiado de moda, al cabo, pero ése es otro cantar), nada como acudir a las fuentes para rendir homenaje al padre del invento. La última producción de Nuevo Teatro Musical, presentada en el Festival de Teatro de Málaga con categoría de estreno, propone un interesante recorrido biográfico por la figura de Julio Verne sazonado con referencias a sus obras más relevantes, así como con algunos matices anticipatorios que amplían de forma juguetona las visionarias predicciones del genio. Metido en harina, el montaje crece como un híbrido entre, por una parte, el aroma familiar al que inevitablemente se vincula un referente como Verne, con llamadas a cambiar el mundo a través de la imaginación y los coqueteos con las siempre eficaces historias de superación; y, por otra, una intención más adulta al abordar sin tapujos cuestiones como el suicidio. Lo mejor, en todo caso, e independientemente del público que acuda a verlo, es el encantador aroma off que destila el espectáculo, en una propuesta que hace de la misma imaginación reivindicada materia prima para abordar el montaje y que aprovecha sus pocos recursos para evocar mucho, a base de oficio y resolución.

Si hubiera que fijar una balanza, tal vez convendría poner a un lado un guión que acusa una estructura hecha a pedazos y que merece ser revisado en pro de una mayor cohesión interna. La composición musical funciona muy bien con su inspiración roquera en la línea más feliz de Lloyd Webber, pero agradecería una mayor variedad de registros más allá del ostinato y el medio tiempo. El propósito de la escenografía es loable, pero las piezas móviles, demasiado densas, terminan cortando alas al juego y su contribución a la definición de los espacios es, ay, dudosa.

Al otro lado, hay que celebrar el talento interpretativo puesto en juego, tanto de los músicos (cuánto debe esta ciudad, insisto, al gran Nacho Doña) como de los actores y cantantes. Franc González derrocha voz y verdad en su construcción, y aunque los cuatro están sembrados es de justicia destacar la aportación de un fabuloso Juan Antonio Hidalgo, genial en su recreación de Alejandro Dumas con ese gorro futurista que tan bien le sienta (suyo es, por cierto, el número musical más divertido; y qué bien se lo ventila, el puñetero). En fin, que a falta de limar tres cosas, Verne: futuro y ficción merece ovación y larga vida. Bravo.

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