Crítica | La domesticación Contra el canon verosímil

Representación de 'La domesticación', de La Phármaco, el pasado domingo, en el Teatro Cervantes. Representación de 'La domesticación', de La Phármaco, el pasado domingo, en el Teatro Cervantes.

Representación de 'La domesticación', de La Phármaco, el pasado domingo, en el Teatro Cervantes. / Daniel Pérez / Teatro Cervantes

En muchos sentidos puede considerarse La domesticación, primera entrega de la trilogía Bekristen (Cristianos), una puerta abierta a otros caminos escénicos dentro de la ya consolidada y sin embargo prometedora trayectoria de La Phármaco. El matiz antropológico, expresado a menudo a través del folklore y sostenido de manera abundante hasta el anterior espectáculo, Una gran emoción política (y recuperado, aunque desde un prisma distinto, en el recién estrenado Toná), deja paso aquí a otros recursos que juegan a camuflarse y confundirse todo el tiempo, lo mismo clásicos que abiertamente contemporáneos, en una multiplicidad contraria a criterios y arquetipos preconcebidos y sin embargo coherente en todos sus términos. Tanto en lo que se refiere a la puesta en escena como a la música, el sonido, el movimiento y el texto, todo tiende a diluirse, a evitar cualquier atisbo de concreción formal; y, sin embargo, La domesticación es el espectáculo más contundente de La Phármaco, el que con más claridad dice lo que quiere decir y el que con más intención, fuerza y determinación llega a significar. No es una paradoja, sino el resultado del camino recorrido hasta aquí: Bekristen nació durante una residencia artística en Guinea Ecuatorial en la que Luz Arcas ideó una denuncia frontal al neoliberalismo desde el cuerpo, asumido como realidad colonial y, por tanto, intervenida, convertida en mercancía y producto de usar y tirar. La domesticación revela hasta qué punto las leyes del mercado aceptan únicamente el cuerpo a tenor de su verosimilitud; esto es, su adecuación a un canon internacional y, por tanto, colonial, uniforme y moldeado por los valores. La coherencia viene dada por la decisión de Luz Arcas y Abraham Gragera de prolongar esta denuncia a la misma escena: frente a la medida de la verosimilitud impuesta por el canon aristotélico, La Phármaco defiende otros modos de llamar a la realidad por su nombre desde el teatro. Y lo hace con un coraje político, definitivamente extraño en el arte presente.

La Phármaco defiende otros modos de llamar a la realidad desde el teatro. Y lo hace con un coraje extraño en el arte presente

La domesticación es, en este sentido, mucho más que danza, aunque parta del hecho mismo del movimiento alumbrado por el cuerpo entendido como resistencia (“Creí que bailar me salvaría”) para visitar territorios de la creación en los que las etiquetas quedan sabiamente fulminadas. Quizá lo más acertado sea referirse a este espectáculo como una experiencia poética, en la medida en que permite intuir (tal vez recordar) la naturaleza misma de la realidad, sustraída de nuestra percepción gracias a la hegemonía de un modelo económico que basa su éxito en la verosimilitud. Hay aquí una invitación a la mirada, o mejor a la conciencia, a asumir la realidad más allá del miedo a lo desconocido, del criterio que empuja al convencimiento de que la vida es digna sólo en un contexto trascendente mientras que, en cualquier otro sentido, se trata de un fenómeno pasajero, minúsculo, efímero, sin importancia, que, ciertamente, no merece ser vivido. La domesticación devuelve la esencia de lo humano al ámbito que le corresponde, el propio mundo, recuperado con violencia, con espasmos y con dolores de parto, en un combate cuerpo a cuerpo en el que ya no necesitamos ser ángeles tocados por la gracia sino que nos basta ocupar el lugar que nos corresponde en este mundo secuestrado, oculto y troceado para su comercialización. Todo en La domesticación da cierto vértigo y todo resulta prodigioso, desde la acción de los cuerpos y el caudal de sonido hasta el emocionante final; pero es que también entraña esta obra una denuncia contra el teatro que demasiadas veces se conforma con ser una mera mímesis de ese sucedáneo suplantador que pretende hacerse pasar por el mundo a base de verosimilitud. Mucha de la libertad perdida nos ha sido aquí devuelta.

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