El escritor y diplomático José María Ridao sostiene, en un reciente artículo, que la actitud, fundada en equívocos interesados, de los partidos españoles no es muy distinta a la que terminó devorando la Constitución de Weimar. Y eso que el artículo se publicó antes de que los movimientos políticos alcanzasen el crescendo tragicómico de los últimos días. Puede ser inoportuno comparar la España de hoy con la Alemania de los años treinta, aunque aquella fuese una época también dominada por una concepción de la política inspirada por el prestigiosos jurista Carl Schmitt: no hay política sin confrontación entre amigos y enemigos, sean cuales sean las razones de esa confrontación; todo antagonismo es esencialmente político. Una visión opuesta a la de su contrario, el otro gigante del derecho constitucional, Hans Kelsen, defensor, frente al decisionismo de Schmitt, de la supremacía constitucional, la separación de poderes y la garantía de los derechos fundamentales. El primero jugó un papel clave en el acenso de Hitler al poder, mientras que el segundo inspiró las nuevas constituciones de las democracias europeas de posguerra e incluso nuestro Constitución de 1978.

En estos momentos conviven ambas visiones antagónicas, que no sólo tienen que ver con la división entre quienes defienden el sistema político constitucional y sus numerosos enemigos. Sino que entre los que dicen defender la Constitución también son cada día más los que sólo saben actuar como seguidores del Schmitt de los turbulentos años de Weimar. El lamentable espectáculo de estos días es una prueba de ello, ya que los que se autoproclaman primeros en la defensa de la Constitución, parece que sólo sepan contravenir el espíritu de ésta. O el cinismo de quién marca la estrategia política del PP, la señora Ayuso, que sin pudor hace suyo los argumentos del independentismo, apelando al agravio, al victimismo o denunciando la falta de libertades en nuestro país. Resulta bochornoso que sean, dos de las comunidades con mayor nivel de renta, las más convulsas políticamente y en las que sus dirigentes practiquen con mayor cinismo el populismo victimista. La irresponsable maniobra de Ayuso para desprenderse de sus socios de gobierno, con la intención de vincularse a Vox, supone un giro estratégico que agudizará aún más la polarización política. No es extraño que Ridao vislumbre un horizonte para nuestra Constitución parecido al final de la de Weimar.

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