Otro mar de plásticos

Los huertos solares pueden convertirse en un fenómeno paisajístico similar al de los invernaderos

No nos equivoquemos. Sí hay una obra del hombre que se ve desde el espacio, esa no es la Muralla China, sino los invernaderos de El Ejido. No es épico ni poético, pero eso no le quita de ser tan cierto como patético. Con la cámara de Google Earth a 5 km de altura, la Gran Muralla es una línea que no se diferencia de una carretera. A 10, se confunde con el cambio de pendiente de las montañas. Y a 20, la has perdido. Todo lo contrario que les ocurre a nuestros invernaderos. A 300 km compiten con el Golfo de Almería mientras que a 900 te hacen pensar que España es un país maravilloso con cumbres de nieves perpetuas a pie del mar.

Tradicionalmente, el uso del territorio ha diferenciado el suelo urbano, modificado por la acción del hombre, del rústico, en el que se conservan buena parte de sus características naturales. Desde el punto de vista de su uso, el urbano acoge las funciones propias de la ciudad, mientras que el segundo se reserva para el aprovechamiento de los recursos naturales, a los que, salvo en el caso de la minería, se les supone un menor impacto ambiental y paisajístico. El problema surge cuando una actividad de bajo impacto paisajístico se industrializa, como le ocurre a la agricultura de invernaderos, pero sigue sujeta a las mismas reglas de implantación que tenía cuando la acción del hombre iba poco más allá de labrar la tierra. Con un alto rendimiento económico, lo único que ha impedido que los plásticos de Almería se vean desde 5.000 km de altura ha sido la orografía del terreno.

La implantación de los huertos solares puede convertirse en un fenómeno paisajístico similar al de los invernaderos. Con la diferencia de que, al contrario de lo que ocurre con los tomates, que crecen mal en las azoteas de los edificios, la microgeneración distribuida por las cubiertas de las propias ciudades sí es una alternativa que países como Alemania llevan tiempo impulsando. Después de años en los que el impuesto al sol supuso que perdiéramos el liderazgo que podíamos tener en el desarrollo de esta energía, el cambio normativo y político ha abierto un nuevo escenario. Un frenesí por alicatar el campo de placas solares que no debe hacernos olvidar que el único recurso realmente no renovable es el suelo y que su transformación, aunque sea para un fin tan interesante como es sustituir nuestra dependencia de los combustibles fósiles, demanda una mínima reflexión.

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