Calle Larios

Volver a lo de antes

  • Málaga tiene en su pasado reciente un modelo en negativo del que, por muchas razones, es mejor tomar distancias

  • Pero eso no significa que todas las alternativas sean deseables

A ver quién iba a querer ir por aquí con el móvil en ristre para fotografiarlo todo a comienzos de los 90. A ver quién iba a querer ir por aquí con el móvil en ristre para fotografiarlo todo a comienzos de los 90.

A ver quién iba a querer ir por aquí con el móvil en ristre para fotografiarlo todo a comienzos de los 90. / Javier Albiñana (Málaga)

Hace unos días mantuve un reencuentro navideño con un amigo de Córdoba al que no había desde hacía un par de años. Nos contamos nuestras cosas, actualizamos nuestros vínculos y, como suele suceder en las buenas conversaciones, terminamos hablando de lo divino y de lo humano. Uno de los asuntos que abordamos fue, claro, el esplendor de Málaga y los muchos atractivos que ofrece para visitantes de toda índole. Apuntaba mi amigo que la ciudad parece haber alcanzado cierto status por el que otras muchas darían un ojo de la cara: que Le Monde la señale como uno de los destinos más recomendables para conocer en 2020 no es un capricho ni un chiste, sino la consecuencia de un trabajo consciente y dirigido durante largo tiempo para el posicionamiento de Málaga en estos escaparates. Es decir, que esta proyección internacional no viene caída del cielo, sino que corresponde al fruto de una tarea bien hecha. Llamaba mi amigo la atención, además, sobre el hecho de que Málaga ha logrado ponerse de moda, muy por encima de otras capitales españolas, partiendo de un precedente bastante más sombrío y todavía reciente. Me recordaba él cómo, hace algo más de veinte años, cuando salía de escapada juvenil con sus compañeros desde Córdoba a la Costa del Sol, el plan consistía en pasar de largo por Málaga, sin ni siquiera entrar en su término municipal, para dirigirse directamente a otros lugares más apetecibles como Fuengirola o Benalmádena. “Entonces Málaga era un lugar cutre, sin muchas ofertas ni mucho que hacer, por no hablar de la suciedad y la inseguridad. Si acababas un domingo por la tarde en el centro, que estaba siempre vacío, lo único que deseabas era salir cuanto antes de allí”, me contaba. Y sí, tenía razón. De hecho, en nuestra conversación recordé los delincuentes con los que tuve que vérmelas en aquellos años en pleno centro histórico, y las calles por las que directamente nadie pasaba y que hoy lucen llenas de terrazas a rebosar y tiendas abarrotadas. Para mi amigo, el milagro malagueño consistía en haber pasado de la decadencia al más feliz modelo de desarrollo en muy poco tiempo, un caso único en España. Y entendía que, en su mayor parte, la ciudadanía se mostrara receptiva, cuando no directamente entusiasta, con el rumbo fijado para el crecimiento de Málaga, ya que el precedente era suficientemente oscuro como para no querer volver nunca. Y de nuevo tenía razón. Sin embargo, también aceptó mis reservas a esta idea, ya que la mera oposición a un mal modelo no basta para que una solución pase por buena. Tiene que ser buena per se.

No se trata de volver a lo de antes, sino de garantizar que los pasos que damos ahora no nos abocan a una ciudad sin alma

Ante un análisis crítico del modelo de desarrollo aplicado para Málaga, es habitual que alguien pregunte si es que acaso los críticos quieren volver a lo de antes. De entrada, las distinciones absolutas no juegan a favor del debate: hace más de veinte años Málaga tenía cosas buenas (una cultura urbana más abierta y participativa que la de hoy, por ejemplo) y malas, igual que ahora. Sí es cierto que entonces la ciudad carecía de muchos de los atractivos que reúne en la actualidad, tanto para el vecino que quiere dar un paseo agradable como para el turista que llega ávido de experiencias. Y nadie en su sano juicio querría renunciar a estas conquistas. Pero que las celebremos y las disfrutemos no significa que tengamos que aceptar sin más cualquier propuesta que nos aleje de aquella Málaga de comienzos de los 90. Que tengamos un centro peatonalizado y una Alameda preciosa, que podamos caminar a nuestras anchas por un Puerto bien animado, que nuestros museos ganen visitantes y que se hable de Málaga en todas partes no significa que sea una buena idea construir un rascacielos en el dique de Levante, ni convertir el centro en un parque temático, ni sacrificar el patrimonio histórico a cuenta de ese mismo modelo de desarrollo, ni mandar a hacer gárgaras el derecho a la vivienda y al descanso para garantizar la especulación y el ocio en su versión más nefasta. No se trata de volver a lo de antes, ni mucho menos; sino de garantizar que los pasos que damos ahora no nos abocan a una ciudad gris, sin alma, sin zonas verdes y sólo para unos pocos. El problema es, ay, lo de mañana.

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