Calle Larios

En los brazos de Filomena

  • Con los índices de la epidemia disparados, la tormenta trajo esta semana la nostalgia del Norte, la transformación forzosa en una ciudad distinta, aún más inclinada a la melancolía

La tormenta recuerda que la amenaza persiste. Por eso su misión es aguar la fiesta. La tormenta recuerda que la amenaza persiste. Por eso su misión es aguar la fiesta.

La tormenta recuerda que la amenaza persiste. Por eso su misión es aguar la fiesta. / Javier Albiñana (Málaga)

Una de las pocas muestras que quedan en el mundo presente de la fantasía mitológica es el que tiene que ver con los bautizos de tempestades y huracanes. Al ponerle a una tormenta el nombre de Filomena, por ejemplo, el fenómeno natural queda concretado y asimilado en cualidades humanas, y justamente en esto, o al menos en gran parte, consiste el mito. Eso sí, la asignación de los nombres tiene entre los meteorólogos un fin esencialmente epicúreo: el de rebajar el miedo o la temeridad que las previsiones referidas a estos accidentes del cielo, por lo general inclinadas a la catástrofe, excitan sin remedio. Ante una tormenta llamada Filomena uno no sabe muy bien qué pensar, aunque se trata al final de aguardar que sus estragos sean llevaderos y poco o nada dañinos. Uno de mis momentos favoritos de la historia de la literatura transcurre justamente en una tormenta: en la segunda escena del tercer acto de El rey Lear de Shakespeare, el monarca, despechado de sus hijas y fuera de sí, se lía a bailar bajo un tremendo aguacero mientras su pobre bufón intenta convencerle de que se ponga a cubierto. “¡Soplad, vientos, rajad vuestras mejillas! ¡Bramad, soplad! ¡Cascadas y diluvios, manad hasta calar los campanarios!”, vocifera el rey. No habrá manera de olvidar, por cierto, la interpretación de José María Pou bajo un verdadero caudal de agua vertido en el escenario: “Ni la lluvia, ni el viento, ni el fuego ni el trueno son hijas mías ¡Oh, elementos, no os culparé de ingratitud! Nunca os di un reino, ni os llamé hijos: no me debéis lealtad”. Siempre he pensado que si Lear hubiese puesto nombre a los truenos, el viento y la lluvia, de alguna forma se habría sentido complacido, menos solo. Pero esa tarea está vetada a los poetas y a los reyes: únicamente se permite, como un sacerdocio extravagante, a los meteorólogos, cuya disciplina, por cierto, es matemática pura. Perdonen el desvarío, pero yo también creo que las tormentas son capaces de sacarnos de nuestros cabales y convertirnos en otra versión de cada uno. De hecho, Filomena ha convertido a Málaga estos días, al igual que otras predecesoras, en una ciudad diferente, ubicada en otra latitud, como si de repente los hemisferios se hubieran dado la vuelta y la susodicha nos hubiera metido de lleno en el inhóspito Norte, en los territorios propios de elfos y espíritus del bosque. Así ha sido Málaga, fría y empapada, una plaza en la que pensárselo dos veces a la hora de salir a la calle, donde se estaba mejor en casa por más que pudieran caernos sospechas de luteranismo, en la que la vida se daba de puertas adentro. Vino Filomena, además, como remate de las fiestas, justo tras el paréntesis en el que, por mucho coronavirus que hubiera que afrontar, cundía la impresión de normalidad al uso.

Y llegó Filomena a recordarnos que el camino es largo aún, a probar nuestra paciencia

Y aquí llegó Filomena, implacable, a recordarnos tras la alegría prendida tras la llegada de la vacuna que el camino es largo todavía, que los contagios están disparados, que hay restricciones que acatar y sacrificios que asumir. Tantas ganas había de dar por muerto y enterrado el 2020 que Filomena, con su efusión disciplinada de nostalgia y melancolía, ha dejado bien claro que en el 2021 nada ha cambiado, que estamos donde estábamos, que no hay manera de cantar victoria. Así es la Málaga de Filomena, sin turistas, sin biznagueros, sin Feria ni Semana Santa, empobrecida, ahogada por el paro y vendida a la especulación urbanística, con los bares cerrados y el equipo en Segunda, con muchas ganas de levantar rascacielos pero con los dedos cruzados para que no reviente el alcantarillado cuando toca alerta naranja. Con esta paradoja funciona la Historia: a veces hay que ser otra ciudad para reconocernos en la que sí habitamos. Igual que con Lear, Filomena ha puesto a prueba la paciencia de esta Málaga devuelta a la casilla de salida. El chaparrón delató la soledad del rey y nuestro medio fuelle. El único consuelo posible, eso sí, es el mismo en los dos casos: el abrazo de quien nos quiere de verdad. Que, cuidado, no es siempre quien más amor pregona.

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