La grandeza de Málaga
Quizá se trataría de indicar otra dirección hacia la que crecer, un rumbo en el que reconocernos como la Málaga que merecemos: ya hemos sido la ciudad genial y la ciudad redonda, ¿y si probamos a ser la ciudad de todos?
Los nombres de Málaga
Sigue lloviendo, ya ven, y yo con estos pelos. Abrigo la esperanza de que todos estos chaparrones se traduzcan más adelante en un verano más fresco, pero mis amigos científicos se prestan diligentes, no sin paradoja, a echar un jarro de agua fría sobre mis expectativas: no es tan fácil, no funciona así, el cambio climático acarrea fenómenos extremos y eso seguirá afectando al calor del estío. Bien, es lo que hay. Uno tira entonces de estoicismo a la manera de Baudrillard: si el mundo nos muestra su indiferencia, habrá que responderle con una indiferencia al menos igual a la suya. Ya que no hace tiempo para salir, me dedico a probar suerte por si encuentro un piso para una amiga, muy querida, que vive en Málaga en alquiler. Sus caseros le permiten quedarse en su actual residencia hasta junio, es un plazo generoso, eso dice ella, pero la búsqueda no cesa. De modo que ahí me pongo, a buscar un rato, fuera de los portales inmobiliarios pero sí en otros foros de (presuntamente) mayor complicidad y cercanía. Tampoco es fácil. Los precios son inasumibles y las condiciones, a menudo, inhumanas. Otro amigo me dice que ha visto a la venta por 135.000 euros en el Camino de Suárez una vivienda distribuida en dos plantas con un total de poco más de veinte metros cuadrados útiles. Es decir, un cuchitril partido en dos minicuchitriles, superior e inferior, unidos por una escalera metálica. Dudamos de que un antro así pueda tener licencia de habitabilidad, pero sí, la tiene. De nuevo, es lo que hay: comprar una casa en Málaga cuesta un 43% más que hace cinco años, el doble ya que en Sevilla y Cádiz. Todo esto, unido al déficit de 25.000 viviendas solo en la capital y al apogeo de la vivienda turística, afecta de manera directa al mercado del alquiler, claro. Al final, encontrar un alquiler accesible en Málaga depende de las redes vecinales, atentas a cualquier novedad ajustada a unos criterios éticos. Pero a veces da la impresión de que el criterio se extingue también, como el derecho. Entonces se consuela uno pensando que algo saldrá. Algo saldrá.
Leo esta frase de Simone Weil, tan de moda ahora: “Nuestra noción de la grandeza es la tara más grave y de la que menos conciencia tenemos que es una tara”. Es una frase lapidaria, como acostumbra la autora. Pero podemos probar una tentativa de traducción a nuestra coyuntura. Por lo general, cuando pensamos en algo grande imaginamos un objeto admirable, competitivo, sin parangón; un algo que se corresponde de manera fiel al mayor ideal que somos capaces de definir. Bien, consideremos por un momento que Málaga, nuestra ciudad, es este objeto: en las dos últimas décadas hemos conocido un esplendor seguramente único en su historia, se ha hablado de Málaga en todas partes como modelo deseable de desarrollo y progreso, con indudables atractivos turísticos y culturales. Hemos visto al fin a Málaga como una gran ciudad, con lo que muchos han encontrado su sueño cumplido; más aún, no pocos entusiastas empezaron a hablar de una gran Málaga metropolitana, que incorporaba a sus hechuras otros municipios limítrofes dado que el original parecía no ser suficiente. Málaga ha sido estos años, y sigue siendo, sinónimo de grandeza. Pero esta categoría ha tenido un precio concreto, en miles de familias expulsadas y un déficit de viviendas que llegará a 30.000 en una década. Es decir, para que Málaga fuera grande, los malagueños debían ser menos. Y a lo mejor de esta manera podemos acercarnos a la tara a la que se refería Simone Weil: la manera en que entendemos la grandeza es, efectivamente, contraria a la dignidad humana.
Pero, quién sabe, a lo mejor estamos a tiempo de indicar otra dirección para nuestro desarrollo. O de entender la grandeza de otra manera. Podemos seguir esperando a que el mercado se regule solo mientras se queda cada vez más gente en la calle o, quizá, podemos hacer política. Si ya hemos sido la ciudad genial y la ciudad redonda, ¿qué tal si probamos a ser la ciudad de todos? Aunque sea para ver cómo nos va. Es cierto que la Ley de Vivienda es muy mejorable, en muchos sentidos; pero sí dota de herramientas suficientes a los gobiernos autonómicos y municipales para, por ejemplo, limitar los precios de los alquileres. Y resulta que, en los territorios donde se está aplicando la medida, las consecuencias están siendo positivas. Porque lo que dicen promotores, economistas y demás expertos es que construir 25.000 viviendas en Málaga requiere no solo financiación, también tiempo. Y tiempo es lo que no tenemos. Así que, mientras tanto, podríamos devolver al uso residencial al menos parte del parque de viviendas que ha quedado consagrado al uso turístico. Insisto, no sé, por probar. A lo mejor funciona. Porque la alternativa se materializa no solo en familias que se vayan a vivir a otra parte, también en personas sin hogar y sin capacidad de reacción, cuyo número, por cierto, también sigue creciendo de manera desmesurada en la capital. Entonces, quizá, podríamos considerar la grandeza de Málaga en virtud de su capacidad para garantizar un techo para todos los que viven aquí. Si es que de verdad queremos una Málaga para todos. Porque igual lo que sucede es que solo queremos una Málaga para unos pocos. La tara. Vaya por Dios.
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