Cultura

En el adios de la vieja dama

  • Esther Tusquets, in memóriam.

Más de cuatro décadas consagradas a la edición en primera línea, como integrante destacada de una generación de excelentes profesionales que crearon o participaron en la creación de algunos de los sellos literarios más importantes del último medio siglo, no pueden hacer olvidar la otra dedicación de Esther Tusquets, que debutó en la novela pasados los cuarenta pero ya no dejó de escribir y publicar en los años siguientes. Lo dijo en su momento Fernando Valls, cuando reunió los dos libros de relatos de la autora en Carta a la madre y cuentos completos (2009): el mundo literario de Tusquets tiene la suficiente consistencia como para que merezca la pena separar su faceta creadora de la estrictamente editorial. Es hasta cierto punto lógico -la trayectoria de Lumen y sus muchos aciertos al frente de la que fue su casa así lo demandan- que los artículos dedicados a su muerte se hayan centrado en esta última, pero no debemos olvidar que en ambas ha brillado a la altura de los mejores.

Como han contado ella misma y algunos de los presentes esa noche, Esther Tusquets celebró su insospechado estreno en la literatura invitando a cenar a un grupo de amigos a los que obsequió con un ejemplar ya impreso de su primera novela, la proustiana y hermosísima El mismo mar de todos los veranos (1978), cuyo título original, confesó la autora en uno de sus libros de memorias, era el muy significativo -pero sin duda menos eufónico- Y Wendy creció, aunque lo cierto es que la fuerte personalidad de Tusquets tenía poco que ver con el síndrome de dependencia asociado a la inmortal compañera de Peter. A esa entrega primera, que es una de las grandes novelas de la década, le siguieron los otros dos títulos que integran su "Trilogía del mar": El amor es un juego solitario (1979) y Varada tras el último naufragio (1980), que destacan por la calidad y la fuerza evocadora de una prosa muy cuidada. Luego siguió publicando regularmente narraciones protagonizadas por mujeres, marcadas por una peculiar forma de nostalgia -conflictiva, pero recurrente- y en mayor o menor medida autobiográficas, pero si hubiera que elegir un título definitivo nos quedaríamos con Correspondencia privada (2001), cuatro cartas y un epílogo en los que de alguna forma se preparaba para las confidencias de la última década.

Porque si su obra narrativa es importante, no lo es menos su faceta de memorialista. La escritura autobiográfica de Tusquets no forma un ciclo tan orgánico y acabado como la de Carlos Barral, por acudir al ejemplo de su colega, pero se compone igualmente de tres entregas y destaca por un grado de infrecuente sinceridad -o desvergüenza, como la calificaba ella- que fue a más conforme la autora cumplía años. No siguió un plan preestablecido, y puede que a la postre, pese a alguna reiteración inevitable, el relativo desorden beneficiara al conjunto. Cuenta Tusquets que escribió la primera, Confesiones de una editora poco mentirosa (2005), a requerimiento de su hija Milena Busquets, durante la etapa en la que esta fundó una pequeña editorial, RqueR, con la que el entorno familiar intentó repetir "el milagro de Lumen". La segunda, Habíamos ganado la guerra (2007), es un libro muy distinto y más valioso, donde la autora dejó de lado su itinerario profesional -recorrido en las primeras Confesiones- para centrarse en el entorno del que procedía, esto es, la burguesía catalana 'colaboracionista' con el franquismo. De mayor enjundia narrativa, el relato atendía no tanto a las vivencias personales de la niña o la adolescente como al ambiente social en el que creció, formado por familias afectas al régimen que sostenían esa casta privilegiada, "bienpensante y pacata" sobre la que el catalanismo -o la tardoprogresía- han proyectado un olvido piadoso e interesado.

Con la tercera entrega, Confesiones de una vieja dama indigna (2009), regresó a los terrenos por los que había transitado la primera, pero con la intención de contar lo que entonces calló, a propósito no sólo de algunos señalados personajes del mundo del libro, sino también de su vida íntima, sin pudor ni eufemismos ni pelos en la lengua. "Las viejas damas indignas en cuya cofradía me gustaría ingresar no mienten casi nunca", afirmaba Tusquets, y lo que en todo caso quedaba claro es que no se acogía a inhibiciones de ninguna clase. La autora repasaba una por una las relaciones amorosas más importantes de su vida y se declaraba ligera de equipaje, dispuesta a afrontar con razonable satisfacción y sin corsés ni ataduras la última etapa de su vida. A las tres entregas citadas habría que sumarles una suerte de colofón, el reciente Tiempos que fueron (2012), donde recurrió de nuevo a la memoria justo cuando estaba empezando a perderla. Esta vez, la escritora dialogaba o discutía con su hermano Oscar Tusquets a propósito de la infancia y juventud de ambos, que uno y otro recuerdan -o recordaban- de manera muy distinta.

En el contexto de los años sesenta y setenta, los tiempos de la mitificada gauche divine en cuyos márgenes decía haber vivido Tusquets, la trayectoria de la editora fue paradigmática de esa generación de hijos de familias acomodadas que arremetieron contra el orden establecido por razones políticas y estéticas, sin evitar siempre la hipocresía que censuraban en sus padres. Pero al contrario que otros, Esther Tusquets tuvo la lucidez y la honestidad suficientes para no idealizar una época de claroscuros, por ejemplo a la hora de hablar del amor libre. Fue una chica progre, pero no de manual, y defendió siempre lo que entonces se llamaba, con De Beauvoir, el segundo sexo -por ejemplo a la hora de recuperar la gran literatura escrita por mujeres-, pero se negó a seguir las consignas a menudo coercitivas del feminismo institucionalizado. Pese a su conocida militancia izquierdista, nunca se prestó a los enjuagues, como demostraría una vez más en el lamentable episodio de la "censura moral" de los familiares a las memorias de Maragall. Editora de excepción, narradora ineludible y memorialista sin concesiones, Esther Tusquets fue además -y eso también lo echaremos en falta- una mujer insobornable.

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