Juan Echanove | Actor “La cultura interesa como mucho al 5% de la población: es lo que hay”

  • El intérprete inaugura el Festival de Teatro de Málaga este viernes en el Cervantes con ‘La fiesta del chivo’, adaptación de la novela de Mario Vargas Llosa que dirige Carlos Saura

El actor Juan Echanove (Madrid, 1961). El actor Juan Echanove (Madrid, 1961).

El actor Juan Echanove (Madrid, 1961). / Juan Carlos Vázquez

Intérprete fundamental del teatro, el cine y la televisión en España, Juan Echanove (Madrid, 1961) abrirá la nueva edición del Festival de Teatro de Málaga este viernes en el Teatro Cervantes con La fiesta del chivo, adaptación de la novela de Mario Vargas Llosa dirigida por Carlos Saura en la que encarna al dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo. La producción cuenta con la versión de Natalio Grueso y un reparto que completan Lucía Quintana, Eduardo Velasco, Gabriel Garbisu, Eugenio Villota y David Pinilla. La obra volverá con una segunda función al mismo escenario el 9 de mayo.

-¿Qué dictador le ha dado más quebraderos de cabeza, Francisco Franco o Leónidas Trujillo?

-Son dos trabajos muy distintos. Interpreté a Franco en Madregilda, la película de Francisco Regueiro, que no dejaba de ser un ejercicio esperpéntico, hecho con mucha imaginación y con una orientación estética bien definida. En La fiesta del chivo se trata de presentar al público a Trujillo de la manera más natural, más directa, sin distracciones, con tal de que el espectador pueda hacerlo suyo y llegar a sus propias conclusiones.

-Pero, ¿es posible encarnar a estos personajes, ya de por sí esperpénticos, renunciando del todo al esperpento?

-Es una cuestión de decisiones artísticas. Madregilda transcurría en una especie de sueño, mientras que en La fiesta del chivo aspiramos a una verdad más aparente. Ahora bien, cuando te sales del esperpento hay que tener muy claro que quienes son capaces de causar los males más terribles podrían confundirse perfectamente con cualquiera de nosotros. Hacen lo mismo que todo el mundo, se levantan, se afeitan, salen a la calle, viven su día a día y a menudo aparentan asertividad y bondad cuando se relacionan con los otros. Los asesinos múltiples, los mayores genocidas, son iguales que el resto cuando no cometen sus atrocidades. Esto conviene no olvidarlo.

-¿Acudió a otras fuentes distintas de la novela de Vargas Llosa para construir a su Trujillo?

-No, en la novela ya estaba todo. A ver, es que lo que hacemos aquí es representar una novela, y nos atenemos a eso. Pero es que, además, cuando empezamos con los ensayos el principal material del que tiré fueron mis propios recuerdos de la novela, que había leído en su momento, cuando se publicó. Resultó que esos recuerdos eran muy vívidos, muy enteros, y fueron suficientes para asentar un punto de partida. Después, como siempre, fui poco a poco reduciendo estridencias y limpiando el personaje, igual que con cualquier otro personaje que construyes con tal de que el público pueda reconocer su voz y sus ojos. Se trata, ante todo, de darle al personaje el rostro y la voz con la que el público lo recordará luego. Si en la novela el lector le da su propio tono, en el teatro el tono ya viene dado por el actor.

-Precisamente, dado el abrumador material del que parte la adaptación, ¿cómo han solventado el riesgo de alumbrar una obra demasiado narrativa, que se quede en una mera lectura de la novela en detrimento de los lenguajes propiamente teatrales?

-Eso tiene su proceso. Cuando te llaman para ofrecerte protagonizar La fiesta del chivo, lo primero que piensas es que, hombre, eso es un regalo. Entras en una especie de sueño, pero luego despiertas. Hay que ser cautos. Y una de las primeras dudas que te asaltan tiene que ver precisamente con la adaptación, con cómo se va a llevar al teatro una novela así. En este caso fue muy sencillo: leí la adaptación dramática y me pareció fantástica. Comprendí que estaba condensada la historia y que al mismo tiempo era muy teatral. Pero, más aún, la médula espinal del proyecto era tremenda. Mira, cuando le ofrecían papeles a Alfredo Alcón, él siempre preguntaba por el cuentito: todo el mundo le detallaba las bondades del futuro montaje, pero él pedía que le explicaran el cuentito, el quid de la cuestión. Y en La fiesta del chivo el cuentito tiene que ver con el precio que muchos están dispuestos a pagar para quedarse cerca del poder.

"Me está llegando el momento de hacer a Shakespeare. Ya me conozco lo suficiente como actor para probar"

-Es la primera vez que trabaja con Carlos Saura, con quien nunca ha hecho cine. ¿Cómo ha resultado la experiencia?

-Maravillosa. Saura es un tipo educado y culto, además de, claro uno de los talentos más geniales que hayamos podido tener en la cultura española. Yo he tenido la suerte de conocer a dos verdaderos multigenios, dos artistas capaces de hacer de todo y de hacerlo todo bien: Carlos Saura y Luis Eduardo Aute. Mientras tú perdías el tiempo con cualquier cosa, Aute escribía dos poemas y hacía dos dibujos absolutamente admirables. Con Saura sucede lo mismo. Como director teatral, prefiere la sencillez: para él es la interacción entre los actores lo que viste el escenario, no necesita nada más. Igualmente, prefiere dejar hacer a los actores, que pongan en juego sus propios hallazgos. Para un actor inseguro algo así puede ser difícil de gestionar, pero si tienes suficiente experiencia y, sobre todo, si tienes al elenco idóneo, trabajar de esta forma es un placer. Afortunadamente, tengo conmigo a los mejores compañeros, tan perfeccionistas en su trabajo como comprometidos en lo humano.

-El pasado mes de abril, su sonada llamada de atención al ministro de Cultura, José Manuel Rodríguez Uribes, entrañó un antes y un después en la visibilidad de los problemas que sufría el sector a cuenta de la pandemia. ¿Ha contado la cultura con suficiente protección desde entonces?

-No. A ver, es verdad que hay protección. Pero no la suficiente. De todas formas, la raíz del problema es muy anterior a la pandemia. No hay que olvidar que, en España, la cultura vincula e interesa como mucho a un 5% de la población. Es lo que hay. La gente suele mostrar preocupación e interés por otros muchos sectores antes que la cultura, situada por lo general en el fondo del pozo. Como te decía, esto no tiene que ver con la pandemia. Lo que pasa es que, de alguna forma, la administración se deja contaminar por esta percepción. Y cuando nuestro oficio corre un peligro grave, no hay más remedio que alzar la voz. Cuando se paralizó la actividad cultural en marzo, había un riesgo serio, real, visible, de que la parálisis fuese in aeternum. Pero nadie parecía darse cuenta de esto. Por eso hubo que decirlo alto y claro. Es verdad que en España los teatros siguen abiertos mientras que en otros países como Francia, Italia y el Reino Unido los teatros están cerrados. Pero lo que muchos no saben es que en Italia, por ejemplo, los trabajadores y artistas cuentan con suficiente protección: los teatros no abren pero quienes dependen de ellos no están desamparados, disponen de ayudas y otros mecanismos. En España, los teatros están abiertos porque, de lo contrario, no tendríamos nada. La administración no ha entendido nunca que los que nos dedicamos a esto somos trabajadores intermitentes, que el sistema fiscal no nos sirve porque no se adapta a nuestra realidad. Todo es demasiado lento. Y la lentitud me exaspera.

-¿Qué proyectos baraja para después de La fiesta del chivo?

-Pues creo que me está llegando el momento de Shakespeare.

-Ya iba siendo hora.

-Sí, pero no es fácil. Para hacer a Shakespeare tienes que conocerte bien como actor. Porque hay muchas maneras de llegar a Shakespeare. ¿Eres un actor más inclinado a la tragedia, al drama histórico, a la comedia italiana? ¿A Hamlet, a Romeo o a Falstaff? Ahora es cuando sé que el actor que soy encaja mejor en la crueldad de Shakespeare. En Macbeth, en Lear. Hasta en Enrique V, quién sabe. Eso llegará, estoy seguro. No tardará mucho. Mientras tanto, eso sí, es fácil descubrir que Shakespeare está en todas partes. Desde luego, está vivo en la dramaturgia contemporánea. Ahí también cabe hacer a Shakespeare.

-¿Qué le ha pedido a los Reyes?

-Los niños de mi generación queríamos un Cheminova. Ahora prefiero pedir fuerza para hacer mi trabajo y tranquilidad para tomar distancia. Y salud, por supuesto.

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