Cultura

La primera mirada contra el olvido

  • Los creadores de la llamada 'Generación del 50' introdujeron en Málaga los lenguajes de las vanguardias contra el rancio academicismo de la época, pero su legado permanece en un segundo plano a riesgo de su extinción

En el reciente acto de entrega de la Medalla de la Ciudad y del título de Hijo Predilecto a Eugenio Chicano, el alcalde, Francisco de la Torre, asumió el reto de abrir en Málaga un museo dedicado a la llamada Generación del 50. En una ciudad tan saturada por lo que algunos ya llaman burbuja museística, semejante anuncio parece un brindis al sol, pero existe una evidencia: a mediados del pasado siglo, un puñado de pintores y escultores que decidieron rebelarse a través de su trabajo contra el rancio academicismo de la época abrieron por primera vez en la historia de la ciudad las puertas a las vanguardias y la modernidad que venía latiendo en Europa desde los años 20. Este pulso terminaría con la adopción definitiva de Picasso como símbolo de la ciudad bastantes años después, desde finales de los 80, y, por tanto, con la transformación de Málaga hasta sus hechuras de urbe abierta y cosmopolita. Pero el legado de aquellos artistas representa una cuestión invisible. Resulta rematadamente difícil ver en Málaga obras de la mayoría de estos creadores, y la bibliografía disponible en torno a ellos es prácticamente nula. Un museo podría significar el comienzo del redescubrimiento de esta generación, pero, como apuntó en su día el propio Chicano, de nada servirá si no existe una reclamación por parte de la ciudadanía.

El origen de este movimiento se encuentra en la Peña Montmartre, un colectivo que se instaló en la bodega El Pimpi ya a finales de los 50 para discutir sobre arte con tertulias periódicas. Allí se reunían Manuel Barbadillo, Eugenio Chicano, Jorge Lindell, Stefan von Reiswitz, Enrique Brinkmann, Gabriel Alberca, Elena Laverón y Dámaso Ruano, pero también, como recuerda el propio Chicano "artistas que constituían otro grupo, en su mayoría profesores y académicos, posicionados en la Caja de Ahorros. Los que habían ganado la guerra, vamos. Resulta que poco a poco aquellos grupos se fueron escindiendo y los más jóvenes pasamos de hablar de pintura a hacerlo de política. Nos reuníamos en la calle Siete Revueltas, que estaba frente a la Sociedad Económica, que era el único donde entonces se podía exponer en Málaga, y allí nos citábamos con poetas, críticos y todo el que tuviera algo que decir. Intentábamos leer todo lo que cayera en nuestras manos, pero a Miguel Hernández, por ejemplo, sólo pudimos leerlo en los pocos ejemplares que llegaban de la editorial argentina Losada. Todo lo hacíamos por mejorar, por aprender; cada uno iba por su lado, aunque no discutíamos por eso. Nuestra causa era común. Pero, al final, lo único que podía hacer uno era irse de Málaga para formarse fuera. Y eso hicimos unos cuantos".

Ciertamente, el grupo era dispar en cuanto a tendencias estéticas: Lindell practicaba el informalismo abstracto, Von Reistwiz prefería el surrealismo, Brinkmann evolucionó de la neofiguración a la abstracción y Chicano asumió un contenido social a la vez que se aproximaba al pop, sólo por citar a algunos. Pocos años más tarde, los fundadores del Colectivo Palmo se incorporaron al movimiento: Francisco Peinado, Pepa Caballero, Juan Fernández Béjar, José Díaz Oliva y Antonio Jiménez añadieron singulares registros al ya amplio abanico gestado en la Peña Montmartre. Antes, en 1957, un grupo de pintores malagueños (Gabriel Alberca, Virgilio Galán, José Guevara y Alfonso de Ramón, además del empresario Francisco Ramos y su hijo y Vicente Serra) viajaron hasta la Villa Californie, cerca de Cannes, para visitar a Picasso y formaron el denominado Grupo Picasso, que confirió algo más de visibilidad a la renovación artística que se estaba gestando en Málaga. Eugenio Chicano recuerda que esta misma renovación "afectó a toda Andalucía", por lo que merece hoy una revisión de su legado. El pintor echa de menos en este sentido una mayor implicación de la Universidad de Málaga: "No hay tesis, ni monografías, ni publicaciones de ningún tipo. Y si el mismo conocimiento académico no valora la importancia de estos artistas, la ciudad tampoco lo hará. Para esto ya llegamos tarde. Algunos artistas ya han fallecido, y tanto sus estudios como sus obras ni siquiera tienen las condiciones de conservación que merecen". Chicano insiste en que deberían ser los malagueños quienes pidieran el museo, pero admite al mismo tiempo que "el fervor que en su día pidió la Aduana para el Bellas Artes ha desaparecido".

Enrique Brinkmann no pudo participar en el viaje a Cannes en busca de Picasso porque justo entonces, en noviembre de 1957, estaba preparando su primera exposición en la Económica. "La única pintura que se hacía entonces en Málaga era de un postimpresionismo pintoresco. No había coleccionistas, y como mucho alguien podía encargarte que pintaras un jarrón con flores", recuerda. Brinkmann comparte la reivindicación de aquel grupo, aunque "con matices"; y, del mismo modo, considera que la idea de un museo para la Generación del 50 debería estudiarse "con mucho detenimiento. Un proyecto así resultaría complicado por su disparidad. Cada uno de estos artistas cultivaba un estilo distinto, y si no se tiene cuidado el museo se podría convertir en un batiburrillo". Brinkmann apunta al respecto que algunos artistas en la órbita de la Peña Montmartre, como Virgilio Galán, "eran abiertamente academicistas y no tenían nada que ver con el resto". En lugar de un museo dedicado a estos creadores, Enrique Brinkmann consideraría más lógico "que Málaga tuviera un museo dedicado a sus artistas del siglo XX, que abarcara desde Moreno Villa y Ponce de León hasta gente como Rafael Alvarado y Chema Lumbreras, y que contara toda la historia del siglo, incluidos el academicismo y las vanguardias, de manera racional, pedagógica y ordenada". En opinión de Brinkmann, consagrar todo un museo únicamente a los artistas que conformaron la llamada Generación del 50 "no tendría mucho sentido, porque tampoco de un artista tan fundamental como Ponce de León hay mucha obra expuesta, que digamos, y a mí también me parece digno de reivindicación en el siglo XXI".

La escultora Elena Laverón nació en Marruecos, estudió en Barcelona y llegó a Málaga cuando los artistas renovadores organizaban ya sus primeras exposiciones. Su perspectiva del movimiento es por tanto distinta, pero sí comparte la necesidad de reivindicar al grupo: "Sería bastante justo, dado que a nivel oficial nos tienen bastante olvidados. No paran de abrir museos, pero parece que nosotros aquí ya no pintamos nada", se lamenta. En esta situación, en una ciudad en la que los artistas más importantes de su generación "están dejados de la mano de Dios", cada uno de los que quedan con vida depende "de la posibilidad que tenga de defenderse ante una toma de decisiones absolutamente centralizada". Laverón vería también con buenos ojos, por tanto, un museo dedicado a la Generación del 50, pero, al igual que Brinkmann, su reivindicación va bastante más allá de la misma. La escultora considera, en este sentido, que si alguien ha sido objeto de desmemoria son las mujeres que se han dedicado al arte en Málaga, "bien pioneras, como Pepa Caballero, que estuvo entre los fundadores de Palmo; o bien posteriores, como Vargas Machuca o Titi Pedroche". Urge ajustar cuentas. Antes de que lo haga el olvido.

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