Cultura

La virtud, en los extremos

Central de Actuantes. La Térmica. Fecha: 6 de abril. Texto: Fernando Arrabal. Compañía: Tal Teatro. Dirección: Rafael García. Reparto: Marina Sánchez Vílchez, Franco Méndez, Naixo Molinero, Enrique Sebastián, Alberto Cañizares. Aforo: Unas 80 personas.

Fando y Lis es la obra de Arrabal que de manera más abierta abraza a Samuel Beckett (convendría recordar, por cierto, un asunto de fechas: Arrabal escribió su obra en 1955, mientras que Beckett hizo lo propio con el original francés de Esperando a Godot en 1952; sin embargo, Beckett no publicó su obra en inglés, lo que significó su consagración internacional, hasta el mismo 1955, por lo que no tendría mucho sentido hablar aquí de influencias, sino de confluencias; pero dejemos este rollo para otro día), y esto quiere decir algunas cosas. Lo primero, que es rematadamente difícil hacerla. Para alegría de los amantes de Arrabal, que algunos quedamos, en la última década han aflorado diversos montajes de la obra, cierto; pero esto no quiere decir que hayan sido todos igual de afortunados. Si Beckett representó en Godot la tortura que conlleva la esperanza plantando un enorme vacío abúlico y cómico en escena, Arrabal llena los huecos de extremos, desde la ternura hasta la crueldad más explícita, con el fin de bordar una representación del ser humano de similares conclusiones (la criatura que cuenta, inútilmente, con la posibilidad de salir de sí misma) pero a través de procedimientos muy distintos. Aquí, Fando y Lis, así como Namur, Mitaro y Toso, no esperan, sino que se mueven hacia un lugar al que no pueden llegar. Su condición no es la nada, sino el borde del precipicio. Y por eso montar Fando y Lis es tan difícil: es imposible hacerlo bien sin quemarse.

En su modesta producción, el Fando y Lis del grupo malagueño Tal Teatro es extraordinario. Su desnudez exhibe con claridad los extremos, no escatima, no dulcifica ni se empeña en subrayar. El trabajo del joven reparto, especialmente el dúo protagonista, es pródigo en detalles, merced a la sabia dirección de actores; y, con respecto a Namur, Mitaro y Toso, su aproximación precisamente a Godot resulta reveladora (¿Quién puñetas dijo que esto es teatro del absurdo?). Las marchas procesionales ponen una guinda inteligente y evocadora. Un dulce veneno. Bravo.

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