Toros en Málaga | Cuarta de abono Cayetano abre la puerta grande y triunfan los Cuvillo

  • El menor de los Rivera cortó 3 orejas y abrió la puerta grande

  • José María Manzanares cuajó un sensacional toro de Núñez del Cuvillo que fue galardonado con la vuelta al ruedo

  • Ferrera toreó dos sobreros por lesión de los titulares en un festejo que duró tres horas

Cayetano, un momento de la faena al tercero Cayetano, un momento de la faena al tercero

Cayetano, un momento de la faena al tercero

Primera corrida del desafío taurino de la feria de Málaga de 2019. Los comentarios sobre la idoneidad de meter un encierro de Núñez del Cuvillo en un festejo de esta dimensión iban y venían. ¿La duda? En el corte de torerista que lleva el hierro intrínseco. Paco Gallardo, un loco del toreo como lo definió Joselito en su libro, explicaba que potenciar la suerte de varas no tiene nada que ver con el torismo o su calificado equívocamente como adversario. “Hay que picar, si no, no es un toro. Hacer las cosas bien va en la razón de ser. No en el corte”. Y qué razón.

Lo de Cuvillo salió con todas las papeletas de convertirse en la ganadería triunfadora de la feria de Málaga. Mejor que esto lo mantenga el lector con discreción (faltan todavía festejos) pero todos los condicionantes vistos ayer en los cuatro toros que lidió la ganadería titular hacen pensar que puede ser así. De menos a más. Con duración. Enclasados y con transmisión. No quita que alguno pecara de exceso de nobleza, no. Pero el resto de virtudes se vieron sobre la mesa.

Manzanares torea al natural al premiado Gineto, de Núñez del Cuvillo Manzanares torea al natural al premiado Gineto, de Núñez del Cuvillo

Manzanares torea al natural al premiado Gineto, de Núñez del Cuvillo / Daniel Pérez / EFE

Cayetano lidió en tercer lugar un toro muy justito de trapío, con poca presencia en las astas, al que recibió con la rodilla en tierra. La genética de los Ordóñez aparecía entre la suavidad de los capotazos que fueron a más en el quite por tafalleras y con las chicuelinas al galleo. “Llévalo, llévalo”, le gritaba el diestro a su cuadrilla. Facilón y noblote, lo toreó en alardes de vistosidad, comenzando sentado desde el estribo y enlazando afarolados y molinetes. Consiguió sacar algunas tandas en limpio y remató con una estocada muy tendida que fue premiada con una dadivosa oreja.

El sexto lo brindó a Jiménez Fortes, sentado con los jóvenes aficionados de Minotauro. Vendrán más recuerdos al malagueño. Le exigió por bajo y en línea recta con unos doblones acompañados con el cuerpo. El animal se fue creciendo conforme la faena avanzaba, ralentizando su embestida al topar con los trastos y arrancándose con brío a media distancia. El izquierdo era su pitón y Cayetano lo exprimió por allí. Primero a lo largo. Luego a lo profundo. Generoso el público con el menor de los Rivera que conectó pronto con el diestro. Mientras, Luminito continuaba embistiendo, hasta el punto de atacar a la muleta caída en el suelo. Sin un solo derrote. La clase. Se arrebató al final el torero y culminó con unos molinetes de rodillas y unos estatuarios mirando al tendido. La estocada, un poco desprendida, fulminó al de Cuvillo y el presidente concedió las dos orejas.

Manzanares se enfrentó al mejor toro de toda la tarde. A falta de lo que hagan mañana los de la Palmosilla, seguramente lo sea también del Desafío. Compuso a la verónica de salida, una virtud en la suerte de capa que no siempre muestra el alicantino. ‘Chocolate’ presentó bien el pecho al ejecutar la suerte de varas y picó en el sitio lo justo. En cuatro elegantísimos muletazos lo dejó en el centro del ruedo. Las tandas, suaves en el principio, fueron tomando intensidad hasta que un cambio de mano con la izquierda estremeció a la plaza.

La duración de ese pase, con esa lentitud, por bajo, y rompiéndose el animal a embestir bien merecen un punto y aparte. La clase de Gineto -guarden el nombre- impregnaba cada detalle de la faena. Un pase de pecho con media muleta y allí que iba el toro. Sin parar. Buscando los trastos. Fue un idilio. Virtud en sí misma. Quiso matarlo recibiendo. Pinchó dos veces y lo haría una más. Al cuarto intento, al volapié, la espada entró. El presidente concedió la vuelta al ruedo -que se pidió de forma discreta- para el animal y Manzanares dio otra.

Con el quinto, los tendidos se dejaron llevar por el embelesamiento de la anterior faena. Soso en los primeros tercios, a media altura y sin emplearse. Fue mostrando su condición progresivamente en la muleta. También con tandas cortas y trazados a favor del toro. La estructura de la faena, clave, ayudó a que Manzanares se creciera en cada pase de pecho. Los muletazos se sucedieron despegados aunque la belleza de la composición estaba ahí. Tras una estocada caída, el público pidió con fuerza las dos orejas que acertadamente quedó en una sola.

Ferrera se enfrentó a un descoordinando primero y un lesionado cuarto. En conjunto, dos sobreros y ninguno de Cuvillo. Al de El Pilar lo toreó bonito con el capote, expresándose en el barroquismo de su figura. Con la muleta sacó algunos pases por el derecho y al tomar la zurda se enfrió. Tomó pronto la espada y dejó media atravesada, con compensación de sendas ovaciones para toro y torero.

El cuarto tenía medio por el derecho y ninguno por el izquierdo. Lo intentó en un par de ocasiones, pinchó dos veces y hubo silencio.

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