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Personal de riesgo

Ahora, de la mano del coronavirus, hemos pasado a ser denominados personal de riesgo

Los que nacimos en los años cuarenta del siglo pasado o antes, en estos días hemos vuelto a ser, de forma involuntaria, motivo de atención. En su día fuimos señalados como los niños de la posguerra, con una infancia cargada de grisura y de miedos, rodeados de necesidades y penurias. Nuestra juventud se debatió entre las rigideces de la dictadura y la lucha por encontrar un horizonte menos siniestro que el que nos ofrecía el tardofranquismo. Fuimos llamados la generación rebelde de los sesenta o, de forma más casposa y frívola, la generación 'ye-ye'. Pero nuestra verdadera aportación esencial vino con la madurez, cuando contribuimos a la transición política y social de este país que, por más limitaciones que pueda tener, es una de las páginas más brillantes de nuestra historia. A partir de ahí comenzó lógicamente a declinar nuestro papel protagonista y la generación fue diluyéndose poco a poco hasta llegar a ser un colectivo casi ausente. Y, de pronto, hemos vuelto a asomar por los terrenos de la actualidad con mayor fuerza que nunca. Hasta ahora algunos nos llamaban ancianos, con molesta exageración, otros recurrían al familiar término de abuelos o al más sofisticado y elaborado de tercera edad o el respetuoso de nuestros mayores. Ahora, de la mano del coronavirus, hemos pasado a ser denominados personal de riesgo;no es la denominación más alentadora y agradable, si bien es cierto que estamos en la primera fila de una trágica candidatura. Somos referencia obligada a la hora de relatar las preocupaciones de esta sociedad. Pero esta continua alusión al riesgo que significamos se hace normalmente de tal forma que corremos el peligro de sentirnos desterrados o ausentes de nuestra propia sociedad. Políticos, tertulianos y periodistas hablan una y otra vez de que tenemos que cuidar de nuestros mayores como si nosotros, los llamados mayores, no estuviéramos presentes, o no pudiéramos entender lo que se dice, o no tuviéramos la facultad de comprender el problema e incluso de tratar de colaborar en la solución. Parece que somos esas terceras personas a las que hay que cuidar y defender pero sin que ellas puedan saberlo o valorarlo. Sé que se hace como un acto reflejo sin intención negativa alguna, pero inconscientemente se nos van relegando al ostracismo como si fuéramos un colectivo inútil y pasivo. Quizás habrá que mejorar las expresiones para no traicionar los sentimientos ni las intenciones, de las que nadie duda, y de las que todos estamos agradecidos.

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