Feria de Málaga Pero, ¿dónde se ha metido todo el mundo?

  • La Feria vivió este domingo una jornada atípica a modo de paréntesis, con escasa afluencia en el Centro y también en el Real, lo que invita a hacerse algunas preguntas

También la Feria necesita parar para tomar oxígeno de vez en cuando. También la Feria necesita parar para tomar oxígeno de vez en cuando.

También la Feria necesita parar para tomar oxígeno de vez en cuando. / Marilú Báez (Málaga)

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Las razones eran muchas y diversas, pero resultaba significativa la estampida casi general que podía verse en las calles del centro y algunos barrios anexos desde la mañana hasta primera hora de la tarde: todo un frenesí de equipajes, coches en marcha, maleteros cargados y llaves devueltas que delataban el regreso a casa de no pocos que abandonaban Málaga, sobre todo, con destino a otras ciudades de España. Y es que el principal beneficiario de la Feria y sus consabidos seis millones de visitantes es el turismo nacional, el que más ganas de juerga acumula durante el año para invertirlas, enteritas, en la Costa del Sol. Sucede, claro, que un lunes festivo únicamente con carácter local se traduce en que el domingo hay quien se tiene que marchar a donde el asueto no alcanza. El turismo internacional juega en otra liga: los atractivos que le convencen de que venga a Málaga son otros que no descansan en Feria (fundamentalmente, playa, buen tiempo, museos y la cercanía con otras ciudades como Sevilla y Granada, idónea para completar un circuito andaluz), así que su presencia tiene más que ver realmente con una mera coincidencia que con una intención ad hoc, salvo excepciones como el turismo británico de baja estofa que viene a la Feria a pimplarse a gusto, sin importarle demasiado de qué ciudad se trate exactamente. Luego, claro, está el cansancio: desde los fuegos del miércoles son ya algunos días acumulados de quehacer feriante y también la tribu local necesita tomarse un respiro para luego seguir con la matraca cuando el horario lo permita. La cuestión es que el centro presentó este domingo una estampa no ya a medio gas, sino relajada y dispersa, con huecos donde el día anterior no cabía un alfiler y una impresión general de entrada floja. En ciertas calles casi correspondía preguntar dónde se había metido todo el mundo, como si no hubiera señales de actividad feriante más allá de la grasa extendida en el suelo que se queda pegada a los zapatos. Lo mismo podía decirse del Real, si bien allí, hasta la noche, la posibilidad habitual de que haya quien decida dejarse ver sigue siendo reducida. Eso sí, el tono más relajado de la fiesta arrojaba no pocas virtudes: se podía disfrutar de las pandas de verdiales en la calle Larios con menos apreturas, encontrar con más facilidad sitio para comer y beber a gusto, disfrutar con más comodidad las recachitas sombreadas y, por lo general, bailar y divertirse en un contexto más sano y familiar (no en vano la Feria Mágica de la calle Alcazabilla sí que estaba hasta los topes de pequeños y mayores). También el botellón, que lo hubo, como todos los días, a partir de las 18:00, dejó menos vertidos, menos heridos y menos daños colaterales, así que los servicios de emergencias lo tuvieron más fácil para atender a quien lo necesitara (tampoco faltó, que conste, el consecuente ruido de ambulancias). De todas formas, si alguien hubiera extraído este domingo como muestra representativa de la Feria de Málaga, divulgaría sin duda una imagen de la misma que no se corresponde con la realidad. Y esto invita, cuanto menos, a hacerse algunas preguntas.

Ambiente distendido en la calle Larios: como un domingo cualquiera. Ambiente distendido en la calle Larios: como un domingo cualquiera.

Ambiente distendido en la calle Larios: como un domingo cualquiera. / Marilú Báez (Málaga)

Mejor dicho, la pregunta la formuló una mujer que, sentada en un bordillo en Casapalma, comía un bocata de tortilla a eso de las cuatro y media de la tarde mientras se descalzaba unos pies fatigados y maltrechos por la tormenta: “¿De verdad tiene que ser tan larga la Feria?” Pues eso: ¿De verdad? ¿Qué gana Málaga exactamente con estos paréntesis, casi tiempos muertos, inevitables en una edición tan prolongada? ¿Es razonable, puede permitírselos la ciudad a tenor de la inversión realizada sólo en seguridad y limpieza? ¿No sería mejor ajustar el calendario a la evidencia, ofrecer las jornadas de fiesta que presumiblemente van a ser disfrutadas como tales y evitar así a los malagueños la fatiga propia que deriva de la excepcionalidad sostenida durante tanto tiempo? Quién sabe. Lo cierto es que para este lunes, que hace las veces de domingo, cabe esperar una participación semejante. Y conforme avance la semana regresarán las bullas y las calles intransitables, aunque el horizonte señalado para el fin de las fiestas resulta todavía remoto y a ver quién aguanta semejante tirón. Al menos, esta Feria más tranquila del domingo brindó la opción de imaginar otros posibles modelos que devolvieran un sabor más característico estos días y que no se correspondieran necesariamente con el consumo a destajo, la política de usar y tirar y la impronta del low cost. Lo cierto es que mantener el ritmo a tope durante diez días no es sostenible salvo que se ofrezcan argumentos diversos y atractivos para conseguirlo. Y a lo mejor no es la Feria, esta Feria, gancho suficiente para tantos días.

Aunque debían ser los protagonistas, la Feria es a menudo un coto vedado para los niños

De cualquier forma, el éxito de la Feria Mágica devuelve estos días la certeza respecto a quiénes son sus primeros usuarios, los que seguramente aportan más sentido a todo esto: los niños. Lo que sucede es que, claro, los más pequeños suelen quedar exentos de la excitación consumista a granel, con lo que es más difícil darles gato por liebre. Tienen claro lo que les gusta y lo que no, y a ver quién los convence de lo contrario. Pero sí, la Feria no entraña sólo la ocasión de que los padres desencantados recuperen la vieja ilusión que sacudía a bordo de un carricoche, sino de que sean sus hijos quienes, ante todo, se lo pasen bien. No obstante, salvo la isla de la calle Alcazabilla, el centro de Málaga es estos días un coto cerrado a cal y canto a los pequeñajos, especialmente por la tarde, cuando más riesgo hay de cortarse un pie con un cristal roto en la acera o de acabar arrollado por un patinete guiado por el campeón descamisado y borracho de turno. Igualmente, a la hora de subir con niños a los autobuses que van cada día del centro al Real conviene pensárselo dos veces, porque ante la posibilidad de terminar exprimido como una naranja en uno de los vehículos es necesaria una resistencia de la que los menores por lo general carecen. Si en cierto imaginario la Feria parece pensada para los niños, por su idoneidad vacacional, por las atracciones mecánicas y otras cuestiones, al mismo tiempo ejerce una exclusión poderosa contra quienes debían ser sus principales beneficiarios. Pero, al cabo, la Feria, como Málaga entera, está hecha de estas paradojas: no siempre aquí la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos. Para mayor contraste, la Feria devuelve sabores, colores, experiencias y liturgias que ardieron como objetos del deseo durante la infancia y que ahora, en la madurez, se recuperan con una nostalgia de media sonrisa: el algodón de azúcar, la noria, las tómbolas y los pasajes del terror sólo tienen sentido si son los hijos los que lo reclaman. Y no está mal que así sea. Hasta que salgan del nido y vuelen, claro, a donde les plazca.

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