España vacía Pueblos de Málaga sin niños

  • En uno de cada tres pueblos de la provincia nacieron en la última década menos de 100 niños

  • Los colegios rurales dan cobertura a unos 1.200 alumnos de 35 municipios

Una niña en una calle de Atajate

Una niña en una calle de Atajate / Javier Flores (Atajate)

En la banda sonora de los pueblos de Málaga cada año resuena menos el timbre de los llantos de los bebés, los gritos de los niños al salir del colegio o los golpes de los balones en las fachadas de cal. En esta sintonía, aumenta el cloc de los bastones de madera y el silencio de la despoblación. En Árchez no nace un niño desde 2015; en Pujerra, desde 2017.

Aunque lo parezca, esto no es ninguna extravagancia entre los pueblos de la Málaga “vaciada”. A lo largo de 2018, según la última actualización del padrón recogida por el INE, en nueve municipios de la provincia no se registró ningún nacimiento. Son, además de los mencionados, Banadalid, Benarrabá, Canillas de Albaida, Faraján, Jimera de Líbar, Jubrique y Júzcar.

Tampoco es ninguna novedad: en la última década, en uno de cada tres pueblos de Málaga nacieron menos de 100 niños, es decir, una media de diez por año. Ni uno por mes. Y por llamativa que sea la idea, hay cifras peores: en el mismo periodo de tiempo, se registraron menos de una decena de nacimientos en cuatro pueblos –Árchez, Cartajima, Júzcar y Serrato–, menos de 20 en 14 y menos de 50 en 23, el 22% del total.

En la búsqueda de los números más escuetos siempre se llega a los mismos destinos. En Árchez, una localidad en el corazón de la Axarquía, entre las sierras de Tejeda y Almijara, viven 385 personas. En la última década, nacieron únicamente tres niños, todos en 2015. Gráficamente, su situación podría ser la siguiente: si se juntan todos los menores de 15 años en la plaza del pueblo, la aritmética daría no sin esfuerzo dos equipos completos para jugar un partido de fútbol, con tres suplentes y un árbitro. Esta parcela de población representa el 7,5% del total. Los vecinos con más de 50 años, el 54,8%.

Las cifras de nacimientos han experimentado en los últimos años un descenso en caída libre en todo el país. En 2018, España registró el valor más bajo de los últimos 20 años pero, a pesar de que no es un problema ajeno, en los pequeños municipios azota con más fuerza si cabe y pone en peligro la supervivencia a causa de una despoblación sin matices que afecta a casi el 70% de los pueblos de la provincia.

En Cartajima, atalaya del Valle del Genal, han nacido cuatro niños desde 2008. El 53% de su población, de 253 personas, tiene más de 50 años. Estos datos dibujan una situación que su alcalde, Francisco Javier Benítez, califica como “crítica”. “Estamos dentro de un bucle: muere más gente que nace y la población joven, que sigue empadronada, sale para estudiar y no vuelve”, asegura.

En esa línea ahonda Marta Ortega, doctora en Sociología por la Universidad de Málaga : “Si las personas en edad reproductiva se marchan de los pueblos la tendencia es a que en ellos cada vez haya menos nacimientos. Se quedan los mayores, los pueblos envejecen y se vuelve imposible conseguir el reemplazo generacional”.

Los municipios de España están abocados a lo que se ha denominado “suicidio” o “invierno” demográfico, un nombre que suena literario y que fue acuñado por el filósofo Michel Schooyans para referir a una “disminución extrema de la población” originada por un descenso rápido de la tasa de natalidad que incide, como no puede ser de otra forma, en el envejecimiento y el decrecimiento de la población.

Nueve municipios de la provincia no registraron ningún nacimiento en 2018

En Júzcar, donde nacieron nueve niños en los últimos diez años y viven 232 habitantes, su alcalde, David Fernández, intenta ser optimista aunque no puede si no abarcar la realidad “con mucha preocupación”. En Serrato, su homólogo, Francisco López, no trasmite la misma esperanza: “Tenemos que ser realistas. En unos años, si la tendencia de nacimientos se mantiene como hasta ahora, la población de nuestros pueblos se reducirá a la mitad”.

En este recóndito pueblo de la Serranía de Ronda nacieron el pasado año tres niños y más de la mitad de sus vecinos tienen más de 50 años. “Los tiempos están cambiando”, dice su regidor. “El problema no son los nacimientos, va mucho más allá. Si no fijamos la población en el territorio, no hacemos nada, por muchos acuerdos plenarios de ayudas por nacimientos que haya. Las parejas no van a tener hijos ni van a venir de fuera por 3.000 euros”, asevera.

López detecta el problema con facilidad, no así la solución, que admite “no saber dónde puede estar”, aunque hace hincapié en el empleo y en las vías de comunicación. “Si queremos pueblos, hay que cuidar el interior”, afirma. El alcalde de Cartajima también apunta en esa dirección: “Hay que crear empleo directo y estable que no solo haga que los jóvenes se queden sino también que las familias con niños vengan”.

En opinión de la experta en Sociología, un fenómeno que podría paliar el problema es la inmigración de población joven. Ortega señala también el contraste entre los pueblos del interior y los del litoral y es que al echar un vista al mapa de nacimientos, solo Algarrobo y Casares de entre los pueblos costeros bajaron de los 100 nacimientos en 2018.

Asimismo apunta a las infraestructuras y las conexiones entre sí y con los pueblos más poblados. “Las grandes ciudades se convierten en foco de atracción pues son un núcleo de oportunidades para la educación o el entretenimiento. Ofrecen una gran diversidad de servicios y, sobre todo y principalmente, más oportunidades para encontrar un empleo”, ahonda.

Por contra, el alcalde de Cartajima opina que vivir en una ciudad “es una moda”. “Los servicios y prestaciones que tienen los habitantes de un municipio son iguales o mejores que los de cualquier barriada de Málaga. Tenemos colegio, gimnasio, pista deportiva, centro de salud pero no la barita mágica que solucione el problema de la despoblación”, asegura.

En el colegio de esta localidad, por ejemplo, que alberga desde infantil hasta sexto de Primaria, hay cuatro niños y un maestro. Forma parte de uno de los 12 centros públicos rurales de la provincia que, a través de sus sedes, atienden a poco más de 1.200 alumnos de 35 municipios, según los datos de la Delegación Territorial de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

En cada uno de los estos centros hay un tutor fijo y docentes de especialidades, como inglés o religión, itinerantes, que van de pueblo en pueblo. En el caso de Atajate, por ejemplo, son 19 niños divididos en dos unidades: la primera de infatil a segundo de Primaria y la segunda, de tercero a sexto. “Aquí los niños se crían mejor que en una ciudad”, afirma la regidora del municipio, Auxiliadora Sánchez. En su opinión, que los pequeños no tengan un aula por curso es una ventaja: “Es como si tuvieran clases particulares”.

Según las conclusiones del Seminario de Inclusión en el Medio Rural de España, Málaga es una de las 14 provincias del país que gana en neto población. La única con saldo migratorio interprovincial positivo desde 1988. En la última década ha sumado, según el padrón, más de 400.000 habitantes.

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